miércoles, 28 de septiembre de 2016

«SÍGUEME »

Día litúrgico: Miércoles XXVI del tiempo ordinario








Texto del Evangelio (Lc 9,57-62): En aquel tiempo, mientras iban caminando, uno le dijo: «Te seguiré adondequiera que vayas». Jesús le dijo: «Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza». A otro dijo: «Sígueme». El respondió: «Déjame ir primero a enterrar a mi padre». Le respondió: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el Reino de Dios». También otro le dijo: «Te seguiré, Señor; pero déjame antes despedirme de los de mi casa». Le dijo Jesús: «Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios».


                                    «Sígueme»


Fray Lluc TORCAL Monje del Monasterio de Sta. Mª de Poblet 
(Santa Maria de Poblet, Tarragona, España)


Hoy, el Evangelio nos invita a reflexionar, con mucha claridad y no menor insistencia, sobre un punto central de nuestra fe: el seguimiento radical de Jesús. «Te seguiré adondequiera que vayas» (Lc 9,57). ¡Con qué simplicidad de expresión se puede proponer algo capaz de cambiar totalmente la vida de una persona!: «Sígueme» (Lc 9,59). Palabras del Señor que no admiten excusas, retrasos, condiciones, ni traiciones...

La vida cristiana es este seguimiento radical de Jesús. Radical, no sólo porque toda su duración quiere estar bajo la guía del Evangelio (porque comprende, pues, todo el tiempo de nuestra vida), sino -sobre todo- porque todos sus aspectos -desde los más extraordinarios hasta los más ordinarios- quieren ser y han de ser manifestación del Espíritu de Jesucristo que nos anima. En efecto, desde el Bautismo, la nuestra ya no es la vida de una persona cualquiera: ¡llevamos la vida de Cristo inserta en nosotros! Por el Espíritu Santo derramado en nuestros corazones, ya no somos nosotros quienes vivimos, sino que es Cristo quien vive en nosotros. Así es la vida cristiana, porque es vida llena de Cristo, porque rezuma Cristo desde sus más profundas raíces: es ésta la vida que estamos llamados a vivir.

El Señor, cuando vino al mundo, aunque «todo el género humano tenía su lugar, Él no lo tuvo: no encontró lugar entre los hombres (...), sino en un pesebre, entre el ganado y los animales, y entre las personas más simples e inocentes. Por esto dice: ‘Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza’» (San Jerónimo). El Señor encontrará lugar entre nosotros si, como Juan el Bautista, dejamos que Él crezca y nosotros menguamos, es decir, si dejamos crecer a Aquel que ya vive en nosotros siendo dúctiles y dóciles a su Espíritu, la fuente de toda humildad e inocencia.


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martes, 27 de septiembre de 2016

«VOLVIÉNDOSE, LES REPRENDIÓ »

Día litúrgico: Martes XXVI del tiempo ordinario










Texto del Evangelio (Lc 9,51-56): Sucedió que como se iban cumpliendo los días de su asunción, Él se afirmó en su voluntad de ir a Jerusalén, y envió mensajeros delante de sí, que fueron y entraron en un pueblo de samaritanos para prepararle posada; pero no le recibieron porque tenía intención de ir a Jerusalén. Al verlo sus discípulos Santiago y Juan, dijeron: «Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma?». Pero volviéndose, les reprendió; y se fueron a otro pueblo.





                         «Volviéndose, les reprendió»


Rev. D. Llucià POU i Sabater 
(Granada, España)


Hoy, en el Evangelio, contemplamos cómo «Santiago y Juan, dijeron: ‘Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma?’. Pero volviéndose, les reprendió» (Lc 9,54-55). Son defectos de los Apóstoles, que el Señor corrige.

Cuenta la historia de un aguador de la India que, en los extremos de un palo que colgaba en sus espaldas, llevaba dos vasijas: una era perfecta y la otra estaba agrietada, y perdía agua. Ésta —triste— miraba a la otra tan perfecta, y avergonzada un día dijo al amo que se sentía miserable porque a causa de sus grietas le daba sólo la mitad del agua que podía ganar con su venta. El trajinante le contestó: —Cuando volvamos a casa mira las flores que crecen a lo largo del camino. Y se fijó: eran flores bellísimas, pero viendo que volvía a perder la mitad del agua, repitió: —No sirvo, lo hago todo mal. El cargador le respondió: —¿Te has fijado en que las flores sólo crecen a tu lado del camino? Yo ya conocía tus fisuras y quise sacar a relucir el lado positivo de ellas, sembrando semilla de flores por donde pasas y regándolas puedo recoger estas flores para el altar de la Virgen María. Si no fueses como eres, no habría sido posible crear esta belleza.

Todos, de alguna manera, somos vasijas agrietadas, pero Dios conoce bien a sus hijos y nos da la posibilidad de aprovechar las fisuras-defectos para alguna cosa buena. Y así el apóstol Juan —que hoy quiere destruir—, con la corrección del Señor se convierte en el apóstol del amor en sus cartas. No se desanimó con las correcciones, sino que aprovechó el lado positivo de su carácter fogoso —el apasionamiento— para ponerlo al servicio del amor. Que nosotros también sepamos aprovechar las correcciones, las contrariedades —sufrimiento, fracaso, limitaciones— para “comenzar y recomenzar”, tal como san Josemaría definía la santidad: dóciles al Espíritu Santo para convertirnos a Dios y ser instrumentos suyos.


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lunes, 26 de septiembre de 2016

«EL MÁS PEQUEÑO DE ENTRE VOSOTROS, ÉSE ES MAYOR»

Día litúrgico: Lunes XXVI del tiempo ordinario








Texto del Evangelio (Lc 9,46-50): En aquel tiempo, se suscitó una discusión entre los discípulos sobre quién de ellos sería el mayor. Conociendo Jesús lo que pensaban en su corazón, tomó a un niño, le puso a su lado, y les dijo: «El que reciba a este niño en mi nombre, a mí me recibe; y el que me reciba a mí, recibe a Aquel que me ha enviado; pues el más pequeño de entre vosotros, ése es mayor». 

Tomando Juan la palabra, dijo: «Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre, y tratamos de impedírselo, porque no viene con nosotros». Pero Jesús le dijo: «No se lo impidáis, pues el que no está contra vosotros, está por vosotros».


     «El más pequeño de entre vosotros, ése es mayor»


Prof. Dr. Mons. Lluís CLAVELL 
(Roma, Italia)


Hoy, camino de Jerusalén hacia la pasión, «se suscitó una discusión entre los discípulos sobre quién de ellos sería el mayor» (Lc 9,46). Cada día los medios de comunicación y también nuestras conversaciones están llenas de comentarios sobre la importancia de las personas: de los otros y de nosotros mismos. Esta lógica solamente humana produce frecuentemente deseo de triunfo, de ser reconocido, apreciado, agradecido, y falta de paz, cuando estos reconocimientos no llegan.

La respuesta de Jesús a estos pensamientos —y quizá también comentarios— de los discípulos recuerda el estilo de los antiguos profetas. Antes de las palabras hay los gestos. Jesús «tomó a un niño, le puso a su lado» (Lc 9,47). Después viene la enseñanza: «El más pequeño de entre vosotros, ése es mayor» (Lc 9,48). —Jesús, ¿por qué nos cuesta tanto aceptar que esto no es una utopía para la gente que no está implicada en el tráfico de una tarea intensa, en la cual no faltan los golpes de unos contra los otros, y que, con tu gracia, lo podemos vivir todos? Si lo hiciésemos tendríamos más paz interior y trabajaríamos con más serenidad y alegría.

Esta actitud es también la fuente de donde brota la alegría, al ver que otros trabajan bien por Dios, con un estilo diferente al nuestro, pero siempre valiéndose del nombre de Jesús. Los discípulos querían impedirlo. En cambio, el Maestro defiende a aquellas otras personas. Nuevamente, el hecho de sentirnos hijos pequeños de Dios nos facilita tener el corazón abierto hacia todos y crecer en la paz, la alegría y el agradecimiento. Estas enseñanzas le han valido a santa Teresita de Lisieux el título de “Doctora de la Iglesia”: en su libro Historia de una alma, ella admira el bello jardín de flores que es la Iglesia, y está contenta de saberse una pequeña flor. Al lado de los grandes santos —rosas y azucenas— están las pequeñas flores —como las margaritas o las violetas— destinadas a dar placer a los ojos de Dios, cuando Él dirige su mirada a la tierra.


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domingo, 25 de septiembre de 2016

«HIJO, RECUERDA QUE RECIBISTE TUS BIENES DURANTE TU VIDA Y LÁZARO, AL CONTRARIO, SUS MALES»

Día litúrgico: Domingo XXVI (C) del tiempo ordinario








Texto del Evangelio (Lc 16,19-31): En aquel tiempo, Jesús dijo a los fariseos: «Había un hombre rico que vestía de púrpura y lino, y celebraba todos los días espléndidas fiestas. Y uno pobre, llamado Lázaro, que, echado junto a su portal, cubierto de llagas, deseaba hartarse de lo que caía de la mesa del rico, pero nadie se lo daba. Hasta los perros venían y le lamían las llagas. 

»Sucedió, pues, que murió el pobre y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. Murió también el rico y fue sepultado. Estando en el Hades entre tormentos, levantó los ojos y vio a lo lejos a Abraham, y a Lázaro en su seno. Y, gritando, dijo: ‘Padre Abraham, ten compasión de mí y envía a Lázaro a que moje en agua la punta de su dedo y refresque mi lengua, porque estoy atormentado en esta llama’. Pero Abraham le dijo: ‘Hijo, recuerda que recibiste tus bienes durante tu vida y Lázaro, al contrario, sus males; ahora, pues, él es aquí consolado y tú atormentado. Y además, entre nosotros y vosotros se interpone un gran abismo, de modo que los que quieran pasar de aquí a vosotros, no puedan; ni de ahí puedan pasar donde nosotros’.

»Replicó: ‘Con todo, te ruego, padre, que le envíes a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que les dé testimonio, y no vengan también ellos a este lugar de tormento’. Díjole Abraham: ‘Tienen a Moisés y a los profetas; que les oigan’. Él dijo: ‘No, padre Abraham; sino que si alguno de entre los muertos va donde ellos, se convertirán’. Le contestó: ‘Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se convencerán, aunque un muerto resucite’».


«Hijo, recuerda que recibiste tus bienes durante tu vida y Lázaro, al contrario, sus males»


Rev. D. Valentí ALONSO i Roig 
(Barcelona, España)


Hoy, Jesús nos encara con la injusticia social que nace de las desigualdades entre ricos y pobres. Como si se tratara de una de las imágenes angustiosas que estamos acostumbrados a ver en la televisión, el relato de Lázaro nos conmueve, consigue el efecto sensacionalista para mover los sentimientos: «Hasta los perros venían y le lamían las llagas» (Lc 16,21). La diferencia está clara: el rico llevaba vestidos de púrpura; el pobre tenía por vestido las llagas.

La situación de igualdad llega enseguida: murieron los dos. Pero, a la vez, la diferencia se acentúa: uno llegó al lado de Abraham; al otro, tan sólo lo sepultaron. Si no hubiésemos escuchado nunca esta historia y si aplicásemos los valores de nuestra sociedad, podríamos concluir que quien se ganó el premio debió ser el rico, y el abandonado en el sepulcro, el pobre. Está claro, lógicamente.

La sentencia nos llega en boca de Abraham, el padre en la fe, y nos aclara el desenlace: «Hijo, recuerda que recibiste tus bienes durante tu vida y Lázaro, al contrario, sus males» (Lc 16,25). La justicia de Dios reconvierte la situación. Dios no permite que el pobre permanezca por siempre en el sufrimiento, el hambre y la miseria.

Este relato ha movido a millones de corazones de ricos a lo largo de la historia y ha llevado a la conversión a multitudes, pero, ¿qué mensaje hará falta en nuestro mundo desarrollado, hiper-comunicado, globalizado, para hacernos tomar conciencia de las injusticias sociales de las que somos autores o, por lo menos, cómplices? Todos los que escuchaban el mensaje de Jesús tenían como deseo descansar en el seno de Abraham, pero, ¿cuánta gente en nuestro mundo ya tendrá suficiente con ser sepultados cuando hayan muerto, sin querer recibir el consuelo del Padre del cielo? La auténtica riqueza es llegar a ver a Dios, y lo que hace falta es lo que afirmaba san Agustín: «Camina por el hombre y llegarás a Dios». Que los Lázaros de cada día nos ayuden a encontrar a Dios.


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sábado, 24 de septiembre de 2016

FIESTA DE NUESTRA SEÑORA DE LAS MERCEDES



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La Santísima Virgen se le apareció a San Pedro Nolasco en 1218, recomendándole que fundara una comunidad religiosa que se dedicara a auxiliar a los cautivos que eran llevados a sitios lejanos. Esta advocación mariana nace en España y se difunde por el resto del mundo.

San Pedro Nolasco, inspirado por la Santísima Virgen, funda una Orden dedicada a la merced, que significa obras de misericordia. Su misión era la misericordia para con los cristianos cautivos en manos de los musulmanes.

Muchos de los miembros de la Orden canjeaban sus vidas por la de presos y esclavos. Fue apoyado por el rey Jaime, el Conquistador, y aconsejado por San Raimundo de Peñafort.

San Pedro Nolasco y sus frailes, muy devotos de la Virgen María, la tomaron como Patrona y guía. Su espiritualidad es fundamentada en Jesús, el Liberador de la humanidad y en la Santísima Virgen, la Madre liberadora e ideal de la persona libre.

Los mercedarios querían ser caballeros de la Virgen María al servicio de su obra redentora. Por eso la honran como Madre de la Merced, o Virgen Redentora.

En 1272, tras la muerte del Fundador, los frailes toman oficialmente el nombre de La Orden de Santa María de la Merced, de la Redención de los cautivos, pero son mas conocidos como mercedarios.

El Padre Antonio Quexal en 1406, siendo General de la Merced, dice: "María es fundamento y cabeza de nuestra Orden".

Esta Comunidad religiosa se ha dedicado por siglos a ayudar a los prisioneros y ha tenido Mártires y Santos. Sus religiosos rescataron muchísimos cautivos que estaban presos en manos de los feroces sarracenos.

El Padre Gaver en 1400, relata cómo La Virgen llama a San Pedro Nolasco y le revela su deseo de ser Liberadora a través de una Orden dedicada a la liberación.

Nolasco le pide ayuda a Dios y en signo de la misericordia divina, le responde La Virgen María diciéndole que funde una Orden Liberadora.

Desde el año 1259, los Padres Mercedarios empiezan a difundir la devoción a Nuestra Señora de la Merced o de las Mercedes, la cual se extiende por el mundo.

Los mercedarios llegan al continente americano y pronto la devoción a la Virgen de la Merced se propaga ampliamente. En República Dominicana, Perú, Argentina y muchos otros países, la Virgen de la Merced es muy conocida y amada.

En España: En los últimos siglos de la Edad Media, los árabes tenían en su poder el sur, el levante español y sus vidas en vilo. Los turcos y sarracenos habían infestado el Mediterráneo y atacaban a los barcos que desembarcaban en las costas, llevándose cautivos a muchos.

Un alma caritativa, suscitada por Dios, a favor de los cautivos, fue San Pedro Nolasco, de Barcelona, llamado el Cónsul de la Libertad. Se preguntaba cómo poner remedio a tan triste situación y le rogaba insistentemente a la Virgen Maria.

Pronto empezó a actuar en la compra y rescate de cautivos, vendiendo cuanto tenía. La noche del primero de agosto de 1218, Nolasco, estando en oración, se le apareció la Virgen Maria, le animó en sus intentos y le transmitió el mandato de fundar la Orden Religiosa de la Merced para la redención de cautivos.

Pocos días después, Nolasco cumplía el mandato. Los mercedarios se comprometían con un cuarto voto: liberar a otros más cébiles en la fe, quedando como rehenes si fuera necesario.

De este modo, a través de los miembros de la Nueva Orden, la Virgen María, Madre y Corredentora, Medianera de todas las gracias, aliviaría a sus hijos cautivos y a todos los que suspiraban a Ella, gimiendo y llorando en este valle de lágrimas. A todos darìa la merced de su favor.

La Virgen María tendrá desde ahora la Advocación de la Merced, o más bello todavía, en plural: Nuestra Señora de las Mercedes, indicando así la abundancia incontable de sus gracias. ¡Hermosa advocación y hermoso nombre el de Mercedes!

Nuestra Señora de las Mercedes concedería a sus hijos la merced de la liberación. Alfonso X, el Sabio, decía que "sacar a los hombres de cautivo, es cosa que place mucho a Dios, porque es obra de la Merced".

Bajo la protección de Nuestra Señora de la Merced, los frailes mercedarios realizaron una labor ingente, como ingentes fueron los sufrimientos de San Pedro Nolasco, San Ramón Nonato y San Pedro Armengol. Y no faltaron Mártires como San Serapio, San Pedro Pascual y otros muchos.

El culto a Nuestra Señora de la Merced se extendió muy pronto por Cataluña y por toda España, por Francia y por Italia a partir del siglo XIII. En el año 1265, aparecieron las primera monjas mercedarias.

Los mercedarios estuvieron entre los primeros misioneros de América. En la Española o República Dominicana, por ejemplo, misionó Fray Gabriel Téllez, Tirso de Molina.

Barcelona se gloría de haber sido escogida por Nuestra Señora de la Merced como lugar de su aparición y la tiene por Celestial Patrona. ''¡Princesa de Barcelona, protegiu nostra ciutat!"

En el Museo de Valencia hay un cuadro de Vicente López, en el que varias figuras vuelven su rostro hacia la Virgen de la Merced, como implorándole, mientras la Virgen abre sus brazos y extiende su manto, cubriéndolos a todos con amor, reflejando así su título de Santa María de la Merced.

En Argentina: Tucumán fue fundada por don Diego de Villarreal en 1565, pero el día de Nuestra Señora de las Mercedes, en1685, fue trasladada al sitio actual.

El Cabildo, en 1687, nombró a Nuestra Señora de las Mercedes como Patrona y Abogada de la ciudad, por los muchos favores que la Virgen dispensó a los tucumanos.

La victoria argentina en la Batalla de Tucumán del 24 de septiembre de 1812, es acreditada a Nuestra Señora de las Mercedes. En ella se decidió la suerte de las Provincias Unidas del Río de la Plata.

Los españoles eran unos tres mil y los argentinos apenas mil ochocientos. Belgrano, el general argentino, puso su confianza en Dios y en Nuestra Señora de las Mercedes, a quien eligió por Patrona de su Ejército.

En la mañana del 24 de septiembre de 1812, día del combate, el general Belgrano estuvo orando largo rato ante el altar de la Virgen. El ejército argentino obtuvo la victoria.

En el parte que transmitió al Gobierno, Belgrano hizo resaltar que la victoria se obtuvo el día de Nuestra Señora de las Mercedes, bajo cuya protección se habían puesto las tropas.

El parte dice textualmente: "La patria puede gloriarse de la completa victoria que han tenido sus armas el día 24 del corriente, día de Nuestra Señora de las Mercedes, bajo cuya protección nos pusimos ".

El general Belgrano dejó en manos de la imagen de la Virgen su bastón de mando. La entrega se efectuó durante una solemne procesión con todo el ejército, que terminó en el Campo de las Carreras, donde se había librado la batalla.

Belgrano se dirigió hacia las andas en que era conducida la imagen de Nuestra Señora de las Mercedes, y le entregó el bastón que llevaba, poniéndolo en las manos de la Virgen y proclamándola como Generala del Ejército.

Al tener conocimiento de estos actos de devoción, las religiosas de Buenos Aires remitieron a Belgrano cuatro mil escapularios de Nuestra Señora de la Merced, para que los distribuyeran a las tropas.

El batallón de Tucumán se congregó antes de partir rumbo a Salta frente al atrio del Templo de la Merced, donde se le entregaron los escapularios. Tanto los jefes como oficiales y tropas, los colocaron sobre sus uniformes.

El 20 de febrero de 1813, los argentinos que buscaban su independencia, se enfrentaron nuevamente con los españoles en Salta.

Antes de entrar en combate, Belgrano recordó a sus tropas el poder y valimiento de María Santísima, y les exhortó a poner en Ella su confianza. Formuló también el voto de ofrendarle los trofeos de la victoria, si por su intercesión la obtenía.

Con la ayuda de la Madre de Dios, vencieron nuevamente a los españoles y de las cinco banderas que cayeron en poder de Belgrano, una la destinó a Nuestra Señora de las Mercedes de Tucumán, dos a la Virgen de Luján y dos a la Catedral de Buenos Aires.

A partir del año 1812, el culto a Nuestra Señora de las Mercedes adquiere una gran solemnidad y popularidad.

En 1813, el Cabildo de Tucumán pide al gobierno eclesiástico la declaración del Vicepatronato de Nuestra Señora de las Mercedes, "que se venera en la Iglesia de su religión", y ordena de su parte que los poderes públicos celebren anualmente su fiesta el 24 de septiembre.

La Autoridad Eclesiástica, por decreto especial, declara el 4 de septiembre de 1813, festivo en homenaje a Nuestra Señora de las Mercedes, el 24 de septiembre.

Después del 31 de agosto de 1843, es declarada oficialmente Vicepatrona, jurando su día por festivo, disponiendo se celebre cada año una Misa solemne con asistencia del Magistrado, y sacando por la tarde la imagen de la Santísima Virgen en procesión, como prueba de gratitud por los beneficios dispensados.

Al cumplirse el centenario de la batalla y victoria de Tucumán, la imagen de Nuestra Señora de las Mercedes fue coronada solemnemente en nombre del Papa San Pio X, en 1912.

El 22 de junio de 1943, el Presidente de la República, General Pedro P. Ramirez, por decreto aprobado el día anterior con sus ministros, dispuso por el artículo primero:

"Quedan reconocidas con el grado de Generala del Ejército Argentino, la Santísima Virgen María, bajo la advocación de Nuestra Señora de las Mercedes y la Santísima Virgen María, bajo la advocación de Nuestra Señora del Carmen".

Los artículos 2,3 y 5, se refieren a la imposición de la banda y faja, que corresponde a los generales de la nación. El gobierno Argentino proclama así, solemnemente ante el mundo, su religiosidad.

En 1945, el Gobierno Nacional designó a Nuestra Señora de las Mercedes Patrona Principal de la Aeronáutica Militar.

En Santa Fe, la imagen se venera en el Templo del Milagro, en Paraná se venera en la Catedral, en Córdoba en la Iglesia de los Padres Mercedarios, y así en muchos otros lugares.

Oración a Nuestra Señora de la Merced:

Generala del Ejército Argentino, a ti recurrimos, oh Virgen Generala de nuestros Ejércitos, para implorar tu maternal protección sobre esta Patria Argentina.

Te recordamos, que aquí se alzó el altar donde se glorificó a Jesús Eucarístico ante el mundo entero, que nuestra bandera se izó en la presencia augusta de tu divino Hijo y que los colores nacionales cruzan sobre tu pecho cual blasón de Generala del Ejército Argentino.

Por todo esto, te pedimos que protejas a nuestra Patria erigida según los designios divinos, y que del uno al otro confín, sepan los pueblos honrarla.

Que al postrarnos ante tu imagen de Virgen Generala, resuene esta unánime aclamación: ¡Tú eres la gloria de nuestra Patria! ¡Tú eres la honra de nuestro pueblo! ¡Tú, la Generala de nuestro Ejército!

En República Dominicana: Una de las imágenes de gran devoción en Santo Domingo y la más antigua, es la de Nuestra Señora de las Mercedes.

En marzo de 1495, Cristóbal Colón, acompañado por unos cuantos españoles, tuvo que enfrentar a un crecido número de indios acaudillados por un cacique. Levantaron una trinchera y junto a ella, colocaron una gran cruz de madera.

Los indios lograron desalojar a los españoles, quienes de inmediato se replegaron a un cerro. Mientras tanto, los indígenas prendieron fuego a la cruz y con hachas intentaban destruirla sin poder lograrlo.

Ante la agresividad de los indios, Colón y la mayoría de la tropa decidieron retirarse del lugar. Sin embargo, el mercedario Fray Juan Infante, confesor de Colón, que llevaba consigo una imagen de Nuestra Señora de las Mercedes, exhortó a los españoles a seguir combatiendo, y les prometió la victoria en nombre de la Virgen.

Al día siguiente, las fuerzas de Colón obtuvieron una increíble victoria frente a los indígenas, quienes se dispersaron por los montes. Luego de este suceso, se construyó un Santuario a Nuestra Señora de las Mercedes, en la misma cumbre del cerro donde Colón colocó la milagrosa cruz.

En Perú: La devoción a Nuestra Señora de las Mercedes en este país, se remonta a los tiempos de la fundación de Lima. Consta que los Padres Mercedarios que llegaron al Perú junto con los conquistadores, habían edificado ya su primitiva iglesia conventual hacia 1535, templo que sirvió como la primera parroquia de Lima hasta la construcción de la Iglesia Mayor en 1540.

Los Mercedarios no sólo evangelizaron a la región, sino que fueron gestores del desarrollo de la ciudad, al edificar los hermosos templos que hoy se conservan como valioso patrimonio histórico, cultural y religioso.

Junto con estos frailes, llegó su Celestial Patrona, la Virgen de la Merced, Advocación Mariana del siglo XIII.

Esta Orden de la Merced, aprobada en 1235 como Orden militar por el Papa Gregorio IX, logró liberar a miles de cristianos prisioneros, convirtiéndose posteriormente en una, dedicada a las misiones, la enseñanza y a las labores en el campo social.

Los frailes mercedarios tomaron su hábito de las vestiduras que llevaba la Virgen en la aparición al fundador de la Orden.

La imagen de la Virgen de la Merced viste totalmente de blanco. Sobre su larga túnica lleva un escapulario en el que está impreso a la altura del pecho, el escudo de la Orden. Un manto blanco cubre sus hombros y su larga cabellera aparece velada por una fina mantilla de encajes.

En unas imágenes, se la representa de pie, y en otras, sentada. Unas veces se muestra con el Niño en los brazos, y otras, los tiene extendidos, mostrando un cetro real en la mano derecha y en la otra, unas cadenas abiertas, símbolo de liberación.

Esta es la apariencia de la hermosa imagen que se venera en la Basílica de la Merced, en la capital limeña, que fue entronizada a comienzos del siglo XVII, y que ha sido considerada como Patrona de la capital.

Fue proclamada en 1730 "Patrona de los Campos del Perú", "Patrona de las Armas de la República" en 1823, y al cumplirse el primer centenario de la independencia de la nación, la imagen fue solemnemente coronada, recibiendo el título de "Gran Mariscala del Perú" el día 24 de septiembre de 1921, Solemnidad de Nuestra Señora de la Merced.

Desde entonces, ha sido declarada fiesta nacional, ocasión en que cada año el ejército le rinde honores a su alta jerarquía militar de "Mariscala".

La imagen porta numerosas condecoraciones otorgadas por la República del Perú, sus gobernantes e instituciones nacionales.

En 1970, el Cabildo de Lima le otorgó las "Llaves de la ciudad", y en 1971, el Presidente de la República le impuso la Gran Cruz Peruana al Mérito Naval, gestos que demuestran el cariño y la devoción del Perú a esta Advocación, considerada por muchos, como su Patrona Nacional.


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