Pecados Capitales
El Eclesiástico 14, 3 al 19 dice: “Al avaro no le sienta bien la riqueza, tampoco los bienes al envidioso. El que atesora a costa de privaciones, atesora para los demás. Otros gozarán de sus bienes. El que es malo consigo mismo, ¿con quien será bueno? No goza de sus riquezas... El hombre de mirada codiciosa es un malvado, que aparta los ojos y desprecia a las personas. El ambicioso no está contento con lo que tiene, la injusticia mala seca el corazón. El ojo envidioso codicia el pan del otro, en su mesa estará triste y hambriento... Antes de morir, haz el bien a tu amigo y de acuerdo a tus bienes sé generoso... Como hojas verdes en árbol frondoso; caen unas y brotan otras; así las generaciones de carne y sangre; una muere y otra nace. Toda obra corruptible desaparece, y su autor se va con ella”.
La avaricia es el afán desquiciado de poseer riquezas para atesorarlas, sin importar los medios empleados para conseguirlas. Esta anomalía se parece a la codicia que es el apetito desordenado de posesiones y el frenesí por obtener lo que se cree es provechoso, pero que no lo es y que sirve solo para saciar las pamplinas mundanas.
Las propuestas hedonistas del modernismo, motivan las ganas de adherirse a lo material. El bombardeo publicitario y la competencia personal y social, acondicionan la mente para avivar las ansias y fascinaciones de obtener lo frívolo: Yates, aviones, vehículos suntuosos y extravagantes, mansiones fastuosas, joyas rimbombantes, continuos viajes placenteros, juegos de azar, sexo descarriado, comilonas exóticas, posesión de aparatos electrónicos, vestidos finos, consumo de estupefacientes, bebidas embriagantes y otras expectativas de dispendio, no indispensables para ser austeros y vivir felices. La ambición por todo eso, desespera a quienes las echan de menos. Los medios de comunicación y otras influencias extra sensoriales, las exhiben como imprescindibles. La competencia comercial estimula los instintos y por eso no se percibe la torpeza derrochadora. En la brega por adquirir lo ansiado, muchos transitan las veredas del mal.
La avaricia es dañina, pues la vida se hace artificiosa y anticristiana. La ambición de comprar y ostentar, cimienta costumbres materialistas de existir y arrolla a quienes padecen esos deterioros y al círculo familiar, especialmente a los hijos. El patrón de aprendizaje es que para ser mejores, se debe tener de todo y alardear de ello. Hay personas que nunca tuvieron contacto con Dios, porque desde niños sus padres los llenaron de inutilidades y ellas son la representación de su mundo; el valor humano y el poder dependen de los bienes que se tengan. Si por casualidad cumplieron con algún Sacramento, éste no se efectuó por acendradas convicciones cristianas, sino por la celebración del evento y por simular finuras y exquisiteces.
La avaricia es difícil de superar en la etapa adulta, y la gravedad del mal se propagará en las sucesivas generaciones. Los descendientes serán esclavos del diablo, pues para los avaros poder vivir bien, no deben tener restricciones sociales ni pobreza terrenal y para atrapar ese objetivo, es valedero cualquier medio así sea malévolo.
Los codiciosos ansían la comodidad, dejando lo arduo a los demás; acaparan lo agradable y ganan dinerales para dejarlos improductivos, en detrimento de los que nada tienen. Lo primordial es amasar fortuna y repudiar la generosidad.
Una bribonada común en los usureros, es cobrar altos intereses cuando prestan dinero. Muchos acuden a los agiotistas, avarientos y bancos comerciales, para requerir préstamos que les posibilite solucionar algún inconveniente. Para acceder al capital tramitado, exigen garantías como la hipoteca de bienes o fiadores que respalden el empréstito, pero con intereses a veces impagables. La codicia se evidencia, cuando ejecutan las pertenencias del prestatario o fiador que no pudo amortizar el capital.
La usura no se da solamente en los negocios entre individualidades. Los dueños del poder económico, político y financiero de los países desarrollados, así como los organismos financieros multilaterales: Banco Mundial, Banco Interamericano de Desarrollo, Fondo Monetario Internacional, y otras instituciones similares, someten a las naciones débiles a la infernal explotación y rapacería de sus recursos naturales, fiscales y humanos, sin ninguna compasión por los que padecen extremada miseria.
Es casi nula la caridad de los opulentos, hacia los menesterosos. Con frecuencia, hartos de lujos y comida, esta se bota o se quema, debido a que en oportunidades la producción es abundante y la oferta mayor que la demanda. Si no destruyen los productos que sobran, disminuirán los precios. La avaricia no tolera el descenso del costo de los alimentos, mucho menos los disponen para regalarlos a los pobres, ya que las ganancias merman. Con esas maldades, el valor de los artículos primarios se agranda y son inaccesibles para quienes devengan sueldos bajos. Los márgenes de ganancias nunca se reducen y con la excusa del incremento del costo en los insumos, fraguan inflaciones exageradas que merman el poder adquisitivo de los pobres. En muchas naciones, más de la mitad de sus habitantes padece hambre y la tendencia va en aumento. Mientras tanto, los ricos se niegan a suministrar la asistencia tecnológica a los desvalidos, para ayudarlos en la producción de los víveres que puedan mitigar su hambruna. Casi todas las naciones de África, Asia y Latinoamérica, tienen extremas necesidades de alimentos y los ricos del mundo son indiferentes ante tal calamidad; esta atrocidad, demanda equidad ante Dios.
La masificación del dinero en las naciones desarrolladas y las penurias de los países pobres, hizo que estos contrajeran compromisos monetarios, sin tener en cuenta la imposibilidad de sus economías para pagar la deuda externa. Aunado a esto, la gran corrupción de los gobernantes, dilapidó los fondos entregados por los centros financieros internacionales. Esos pueblos cayeron en la desdicha generada por las injusticias políticas, sociales, económicas y culturales. La banca transnacional, las entidades financieras y las naciones ricas, son sordas ante el clamor de los menesterosos que requieren auxilio, para aminorar la indefensión que sufren.

