martes 03 2026

VELA PARA LOS DIFUNTOS : SIGNIFICADO PROFUNDO

 







Las velas tienen un papel importante en la Iglesia Católica y sus orígenes se remontan a muchos siglos atrás. En el Antiguo Testamento, la luz, era un símbolo de la fe. Con el advenimiento de Jesús, este simbolismo se ha enriquecido con nuevos significados fundamentales para la vida del cristiano. La luz, reflejo del Espíritu de Dios.

La tradición de encender velas para los difuntos en la casa es una posible forma de mantener vivo su recuerdo. La luz representa también la unión de los vivos y los difuntos. La Fe es el mejor refugio para quienes tienen que pasar por el proceso de superar el duelo de una pérdida de cualquier tipo y particularidad. Y la vela encendida simboliza a Jesús como Luz del Mundo. Luz de la que queremos participar y ofrecer también a Dios.


Jesús dijo a sus discípulos: “Yo soy la luz verdadera” y “Vosotros sois la luz del mundo… Así brille vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas acciones y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos", Mt 5,16.


¿Cuándo se deben prender las velas para los difuntos?


En los orígenes de la cristiandad se encendían velas o lámparas de aceite en las tumbas de los santos difuntos, particularmente de los mártires, utilizando el simbolismo de la luz como representación de Jesucristo. “En él estaba la vida; y la vida era la luz de los hombres”, Juan 1,4.


Es por ello que hoy en día acostumbramos a encender velas para los difuntos, poniendo en las manos de Dios la oración que ofrecemos con fe. Simboliza también el deseo de quedarnos allí, con ellos, junto a Dios, orando e intercediendo por nuestras necesidades y por las de todo el mundo, dando gracias, alabando y adorando a Jesús. Porque donde hay Dios ya no puede haber oscuridad.


Existe una dimensión íntima, relacionada con encender velas a nuestros difuntos, algo que concierne a de cada uno y a su diálogo silencioso con Dios. Esta vela encendida se convierte en el símbolo del fuego divino que arde en cada uno de nosotros, que nos convierte en parte integral de esa luz de la que Jesús es símbolo, pero de la cual todos nosotros, como cristianos, somos parte.


«Con la luz de la fe, suplicamos a la Santísima Virgen María que rece con nosotros. Y que interceda ante Dios por nuestras plegarias».






lunes 02 2026

MARTES 3 DE NOVIEMBRE DE 2026 -- Lucas 14, 15-24 -- LA PARÁBOLA DE LOS INVITADOS QUE SE EXCUSAN

Tiempo Ordinario

 

Parábolas


Dichosos somos, pues Nuestro Señor, nos invita a su banquete cada día.





Del santo Evangelio según san Lucas 14, 15-24








Habiendo oído esto, uno de los comensales le dijo: «¡Dichoso el que pueda comer en el Reino de Dios!» Él le respondió: «Un hombre dio una gran cena y convidó a muchos; a la hora de la cena envió a su siervo a decir a los invitados: "Venid, que ya está todo preparado." Pero todos a una empezaron a excusarse. El primero le dijo: "He comprado un campo y tengo que ir a verlo; te ruego me dispenses." Y otro dijo: "He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlas; te ruego me dispenses." Otro dijo: "Me he casado, y por eso no puedo ir." «Regresó el siervo y se lo contó a su señor. Entonces, airado el dueño de la casa, dijo a su siervo: "Sal en seguida a las plazas y calles de la ciudad, y haz entrar aquí a los pobres y lisiados, y ciegos y cojos." Dijo el siervo: "Señor, se ha hecho lo que mandaste, y todavía hay sitio." Dijo el señor al siervo: "Sal a los caminos y cercas, y obliga a entrar hasta que se llene mi casa." Porque os digo que ninguno de aquellos invitados probará mi cena».


Oración introductoria

Señor, creo en Ti, espero y te amo. No soy digno de acercarme a Ti porque te he fallado, pero confío en tu misericordia. Quiero responder con prontitud a tu invitación, participando con toda mi mente y mi corazón en el banquete de la oración.


Petición

Jesús, que en mi vida seas Tú lo primero y lo más importante.


Meditación del Papa 

Es la Iglesia de los invitados, estamos invitados a participar en una comunidad con todos. Pero en la parábola narrada por Jesús leemos que los invitados, uno tras otro, empiezan a encontrar excusas para no ir a la fiesta.


¡No aceptan la invitación! Dicen que sí, pero no lo hacen. Ellos son los cristianos que se conforman sólo con estar en la lista de los invitados: cristianos enumerados. Pero esto no es suficiente, porque si no se entra en la fiesta no se es cristiano. ¡Tú estarás en la lista, pero esto no sirve para tu salvación! Entrar en la Iglesia es una gracia; entrar en la Iglesia es una invitación. Y este derecho, no se puede comprar. Entrar en la Iglesia es hacer comunidad, comunidad de la Iglesia; entrar en la Iglesia es participar de todo aquello que tenemos, de las virtudes, de las cualidades que el Señor nos ha dado, en el servicio del uno para el otro. Además entrar en la Iglesia significa estar disponible para aquello que el Señor Jesús nos pide. En definitiva entrar en la Iglesia es entrar en este Pueblo de Dios, que camina hacia la eternidad. Ninguno es protagonista en la Iglesia: pero tenemos Uno que ha hecho todo. ¡Dios es el protagonista! Todos nosotros vamos detrás de Él y quien no va detrás de Él, es uno que se excusa y no va a la fiesta. (Cf. S.S. Francisco, 5 de noviembre de 2013, homilía en Santa Marta).

 

Reflexión

En múltiples ocasiones Jesús utiliza la imagen del banquete para hablarnos de la Patria celestial. Nuestro Padre no se cansa de invitarnos a su casa. No le basta con invitarnos una vez, cuando todo está ya listo, vuelve a enviar a un criado para recordárnoslo. Impresionan estas palabras, "sal por los caminos y senderos e insísteles hasta que entren y se me llene la casa", pues denotan el auténtico interés de Dios que nos busca desesperadamente.


Tiene sitio en su casa y no quiere que se queden plazas vacías. Realmente Jesús nos trae una imagen del Padre totalmente novedosa. Atrás se queda el Dios justiciero, celoso e incluso vengativo, un Dios que nunca fue así, un Dios de corte demasiado humano. A través de Jesús conocemos al Padre hasta el punto de convertirse en un amoroso "Papá" (Abba) que perdona, que sale a nuestro encuentro, un Padre que se regocija enormemente ante cualquier pequeño paso que damos hacia Él.


"¡Dichoso el que coma en el banquete del Reino de Dios!" ¿Qué esperamos para hacer nuestras estas palabras? ¡Dichosos somos, pues Nuestro Señor, nos invita a su banquete cada día, Él viene a nuestro encuentro, se nos ofrece en la Eucaristía, Él es Pan de Vida, Pan que sacia el hambre, primicia del banquete definitivo en el Reino de Dios! Así es, somos privilegiados frente al comensal que le dijo a Jesús las expresivas palabras con las que hemos iniciado este párrafo. Nosotros, a diferencia de Él, ya hemos compartido, en cierta manera, la mesa con el Señor.


¡Cuántas veces se queda también Él esperándonos en el altar! ¡Cuántas veces nos excusamos en nuestras múltiples ocupaciones! El Señor hace todo lo posible por acercarnos a Él, se vuelca hacia nosotros, Él siempre es fiel, sólo espera que le correspondamos. ¿Dónde se ha visto que un anfitrión invite al mismo banquete dos veces? Si nosotros ya hemos avisado a nuestros invitados una vez, no salimos a buscarlos cuando todo está preparado, contamos con que vengan y, si no, ¡ellos se lo pierden! Demos gracias a Dios, que no conoce la soberbia ni el respeto humano, y en su generosa providencia nos espera y nos insiste. Que nuestras pequeñeces materiales, nuestros asuntos, nuestras comodidades, nuestros apegos, no nos impidan acudir a su llamada.


Propósito

Como muestra de agradecimiento por el don de la Eucaristía, llegar siempre puntual y correctamente vestido a la celebración de la Eucaristía.


Diálogo con Cristo

Señor, ¿Quién soy yo para que Tú, Dios omnipotente y dueño del universo, me busque y me invite a participar en la oración, en la Eucaristía? Respetas mi libertad cuando me hago sordo e indiferente. Me acoges cuando me acerco, porque nunca me dejas solo en la lucha por mi santificación. Gracias, Señor, por tanto amor y por estar siempre a mi lado. Contigo lo tengo todo y por Ti quiero darlo todo.


Por: Catholic.net | Fuente: Catholic.net





 




ORACIÓN POR TODOS LOS FIELES DIFUNTOS








Oh buen Jesús, que durante toda tu vida te compadeciste de los dolores ajenos, mira con misericordia las almas de nuestros seres queridos que están en el Purgatorio. Oh Jesús, que amaste a los tuyos con gran predilección, escucha la súplica que te hacemos, y por tu misericordia concede a aquellos que Tú te has llevado de nuestro hogar el gozar del eterno descanso en el seno de tu infinito amor. Amén.


Concédeles, Señor, el descanso eterno y que les ilumine tu luz perpetua.


Que las almas de los fieles difuntos por la misericordia de Dios descansen en paz. Amén.





2 DE NOVIEMBRE : CONMEMORACIÓN DE TODOS LOS FIELES DIFUNTOS

 Fiestas litúrgicas









Ya en el siglo II se encuentran testimonios de que los cristianos rezaban y celebraban la Eucaristía por sus difuntos. Al principio, en el tercer día después de la sepultura, luego en el aniversario. Más tarde, el séptimo día y el trigésimo. En el año 998, el abad Odilón de Cluny (994-1048) hizo obligatoria la conmemoración de los difuntos, el 2 de noviembre, en todos los monasterios a él sometidos. En 1915, Benedicto XV concedió a todos los sacerdotes el derecho a celebrar tres Misas en este día, con la condición de que: una de las tres se aplique libremente, con la posibilidad de recibir una oferta; la segunda Misa, sin ninguna oferta, se dedique a todos los fieles difuntos; y la tercera se celebre según la intención del Sumo Pontífice. La liturgia propone varias Misas para este día, todas ellas orientadas a resaltar el misterio pascual, la victoria de Jesús sobre el pecado y la muerte.


Del Evangelio según San Juan (primera Misa)

«Todo lo que me da el Padre viene a mí, y al que venga a mí yo no lo rechazaré, porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la del que me ha enviado. Y la voluntad del que me ha enviado es que no pierda a ninguno de los que Él me dio, sino que los resucite en el último día. Porque esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que vea al Hijo y crea en Él, tenga Vida eterna y que yo lo resucite en el último día» (Jn 6,37-40).


La voluntad de Dios

Encontramos aquí un mensaje revolucionario: quien "vea al Hijo y crea en Él tendrá vida eterna” y el Señor lo resucitará. Sabemos por experiencia que el cuerpo se descompone; pero el cuerpo no es todo el hombre. El hombre, como persona, es partícipe del diálogo con Dios, y Él no lo deja caer, no lo olvida, porque Dios es fiel a sus promesas. Dios nos tiene escritos en la palma de su mano a todos nosotros y no se olvida de nadie, porque es Padre. Este es el centro del mensaje que nos dejó Jesús. Por esta verdad, Jesús se hizo hombre, murió en la cruz y resucitó: para hacernos partícipes de la alegría de la resurrección. "A ellos, Señor, y a cuantos descansan en Cristo, concédeles el lugar del consuelo, de la luz y de la paz”, recitamos en el canon I de la Misa, en el momento del recuerdo de los difuntos.


Dejarse sorprender

Es seguro que sobreviviremos, ya que Jesús nos lo dijo. No sabemos cómo ocurrirá esto, pero podemos tratar de entenderlo escuchando la Palabra del Evangelio. Poseemos, sin embargo, la esperanza de sorprendernos por la bondad de Dios, por su misericordia. Nosotros tenemos nuestros parámetros, con los que medimos los acontecimientos de la vida; pero debemos dejar a Dios sus parámetros, que no son los nuestros; será precisamente esto lo que nos sorprenderá cuando crucemos el umbral del Cielo.


Un paso más allá

Morir no es desaparecer, sino existir de una manera nueva. Sabemos que los que nos han precedido en el camino de la vida han llegado a la meta, están un paso más allá, mientras que nosotros todavía estamos peregrinando. La muerte, pues, no es el fin de todo, sino el comienzo de una nueva vida para la que nos preparamos desde hace tiempo. La conmemoración de los difuntos, entonces, no consiste tan solo en recordar a los que ya no están; también nos indica que la muerte es un puente que nos espera al final de la vida y que nos conducirá a la otra orilla a la que todos estamos destinados: es una ayuda para no dejar que tantas cosas nos agobien, olvidando que todo pasa, pero que Dios permanece.


La hermana muerte

San Francisco de Asís, una vez reconciliado con Dios, consigo mismo y con la creación, hacia el final de su vida fue capaz de reconciliarse también con la muerte, hasta el punto de llegar llamarla "hermana", señal de que también para él era un misterio que había que acoger. A diferencia de la sociedad actual, que intenta por todos los medios ocultar la realidad de la muerte -engañándose a sí misma con la ilusión de que es eterna-, San Francisco nos enseña a mirarla, a aceptarla, a considerarla una "hermana", parte de nosotros. Al fin y al cabo, es un hecho tan real como la vida. Es un acto de honestidad intelectual, incluso antes que espiritual.

El miedo ante la "hermana muerte" está ciertamente dictado por lo desconocido, por no saber qué hay más allá de la "puerta"; esto crea inquietud. En segundo lugar, no lo ocultemos, tememos el "peso" de nuestros actos, porque, en definitiva, todos somos creyentes en el fondo de nuestro corazón, y al final de la vida nos preguntamos cómo hemos vivido. Esta experiencia nos lleva a rezar por los que nos han precedido, casi como si quisiéramos ayudarlos y protegerlos todavía, además de pedir que nos ayuden y protejan.

Una cosa es cierta: nosotros leemos la muerte a la luz de la resurrección de Jesús. Esta es nuestra fuerza y nuestra serenidad. Él nos ha abierto el Camino que conduce con la Verdad a la Vida. El mismo Jesús nos recordó que estamos hechos para la eternidad: mil años nuestros son como un solo día ante Dios, y este tiempo de la vida, tan breve, pasajero, no tiene sentido si no se proyecta hacia una experiencia verdadera, como nos recordó el mismo Jesús: "Quien ve al Hijo y cree en Él tiene vida eterna".

Una última cosa. Jesús se hizo hombre para ayudarnos a vivir "como Dios"; murió, fue sepultado y descendió a los infiernos para que nadie se sintiera excluido de su acción salvadora. Para que yo no tuviera miedo y me sintiera solo y abandonado, a merced de mis miedos, Jesús mismo eligió "habitar" todos los lugares, incluso los más bajos, para "hacerme compañía" en ese momento. No hay "espacio" de la vida y de la muerte que Él no haya visitado, y esto me da la certeza de que me acogerá con los brazos abiertos en cualquier situación en la que yo "caiga": ya sea hoy en el pecado, o mañana en la muerte, Él está ahí. Porque Él ha vencido el pecado y la muerte y ha preparado un lugar para mí en la Casa del Padre. Esto me basta para caminar por el sendero de la vida con confianza y esperanza. "Aunque tenga que atravesar un valle oscuro" (Sal 23), Él está ahí. Está conmigo.


Oración

Dales Señor el descanso eterno.

Brille para ellos la luz perpetua.

Descansen en paz. Amén





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