jueves 06 2026

VIERNES 7 DE AGOSTO DE 2026 -- Mateo 16, 24-28. -- EL QUE QUIERA VENIR CONMIGO, CARGUE CON SU CRUZ

Tiempo Ordinario


Cargar la cruz que tenemos con alegría, Cristo va por delante.



Por: P. Clemente González | Fuente: Catholic.net





Del santo Evangelio según san Mateo 16, 24-28








En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: El que quiera venir conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del Hombre vendrá entre sus ángeles, con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta. Os aseguro que algunos de los aquí presentes no morirán sin antes haber visto llegar al Hijo del Hombre con majestad.


Oración introductoria

Padre santo, ayúdame a buscar lo que me haga crecer en el amor, para darte gloria y servir mejor a los demás: bienes que duren y valgan para la eternidad. Y, aunque no me guste ni me atreva a buscarla, que sepa renunciar a mí mismo para tomar mi cruz y seguirte.


Petición

Señor, dame la fortaleza para tomar mi cruz y seguir los pasos de tu Hijo.


Medita lo que Dios te dice en el Evangelio.

Que tome su cruz y me siga.


El Evangelio de hoy nos alienta a la alegría y, asimismo, a aceptar el sufrimiento, la cruz, inseparables del seguimiento de Jesús. ¿Tengo experiencia de ambas realidades? ¿Sé armonizarlas en mi vida? A nadie le gusta sufrir. Pero el sufrimiento viene sin que lo busquemos. Todos podemos hablar de nuestra cruz de cada día. También de la lucha diaria por seguir a Jesús en medio de una sociedad que piensa y vive lo contrario.


En este Evangelio de Mateo, Jesús nos anima a seguirlo, a poner nuestros pasos en sus huellas. Jesús nos invita a superar nuestro egoísmo, a tomar nuestra cruz y a dar la vida por su reino.


La recompensa será enorme: Porque el Hijo del hombre ha de venir rodeado de la gloria de su Padre, en compañía de sus ángeles, y entonces dará a cada uno lo que merecen sus obras.


Y quien sigue a Cristo tiene que aceptar llevar su cruz. Lo dice Jesús, en seguida, para hacer comprender a sus discípulos que sería una ilusión pensar en seguirlo, pero sin llevar con Él la cruz: “El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga.” ¿Después del pecado, es éste el único camino de salvación para los individuos y para la humanidad entera?


Pedro no entendía las cosas de Dios, del mismo modo, por no situarnos nosotros en el plan del Padre, se nos hace difícil entender sus obras, sus planes para con nosotros. Tenemos necesidad de despojarnos de los criterios del hombre, de nuestros quereres, preferencias y egoísmo y adoptar sólo y únicamente el de Jesucristo.


«No se trata de una cruz ornamental, o de una cruz ideológica, sino que es la cruz del propio deber, la cruz del sacrificarse por los demás con amor —por los padres, los hijos, la familia, los amigos, también por los enemigos—, la cruz de la disponibilidad para ser solidarios con los pobres, para comprometerse por la justicia y la paz. Asumiendo esta actitud, estas cruces, siempre se pierde algo. No debemos olvidar jamás que “quien perderá la propia vida [por Cristo], la salvará”. Es un perder para ganar.»

(Homilía de S.S. Francisco, 19 de junio de 2016).


Reflexión

Un sacerdote tuvo que realizar un viaje a Estados Unidos y en el avión coincidió con un empresario muy importante. Después de un rato de diálogo, el millonario le contó esta confidencia: Daría con gusto gran parte de mi dinero con tal de volver a tener la experiencia de Dios que viví hace muchos años.


La amistad con Cristo no se paga con dinero, es gratis. Por eso es tan difícil lograrla, porque no se vende en ningún establecimiento. No es una mercancía, pero es el bien más cotizado del mundo. Y por desgracia, también el más desconocido.


¿Cómo se logra esa amistad? En primer lugar, haciéndose como Cristo. Para eso hay que empezar a conocerlo; leer el Evangelio, acudir a los sacramentos, dedicar momentos diarios a la oración, etc. Es necesario "empaparse" de sus enseñanzas, que son divinas. Es entonces cuando damos un fundamento sólido a nuestra vida cristiana.


Jesús nos avisa que esa transformación en Él es costosa, como cargar con una cruz sobre los hombros. No hay que engañarse. Pero también es la manera más plena de vivir, despreocupándose de los propios intereses y tratando a los demás como Cristo lo haría. Es así como podremos experimentar su amistad y cercanía. Así "recobramos" nuestra alma para el Señor y ayudamos, con nuestro testimonio, a los otros.


Diálogo con Cristo

Es mejor si este diálogo se hace espontáneamente, de corazón a Corazón

Señor, no es fácil ser tu amigo en la cruz. La tentación a escapar o renegar de la realidad, cuando se presentan los problemas, fácilmente me domina. Gracias por esta meditación que me confirma que puedo confiar en que, con tu gracia, puedo perseverar hasta el final. No puedo esperar gozar de una eternidad gloriosa, llena de fiesta y de alegría, si no derramo, por amor a Ti y a mis hermanos, un poco de sangre, sudor y lágrimas en la tierra.


Propósito

Adoptar una actitud positiva, y no quejarme, ante las dificultades de este día para seguir a Cristo en el camino de la cruz.


Por: P. Clemente González | Fuente: Catholic.net





 


 


 



 


 









06 DE AGOSTO : FIESTA DE LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR

 







La fiesta de la Transfiguración tuvo su origen probablemente en la conmemoración anual de la dedicación de una basílica construida en el monte Tabor para honorar este evento milagroso de la vida de Jesús. Se celebraba ya a finales del s. V. Según una antigua tradición, el episodio de la Transfiguración tuvo lugar 40 días antes de la crucifixión de Jesús; así, la fecha de la fiesta se fijó 40 días antes de la de la Exaltación de la Santa Cruz (el 14 de septiembre). Comenzó a celebrarse en occidente a partir del siglo IX, y fue incluida en el calendario romano por el Papa Calixto III en 1457, en agradecimiento por la victoria de las tropas cristianas contra los turcos, que amenazaban seriamente occidente, en la batalla de Belgrado del año precedente. En el centro de la fiesta está, por supuesto, el misterio de la Transfiguración, que se enlaza con la visión del Anciano sentado sobre el trono de fuego y la aparición del Hijo del Hombre (cfr. Primera Lectura).


Del Evangelio según San Mateo


“Seis días después, Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte a un monte elevado. Allí se transfiguró en presencia de ellos: su rostro resplandecía como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz. De pronto se les aparecieron Moisés y Elías, hablando con Jesús.


Pedro dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bien estamos aquí! Si quieres, levantaré aquí mismo tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías».


Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y se oyó una voz que decía desde la nube: «Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo».


Al oír esto, los discípulos cayeron con el rostro en tierra, llenos de temor.


Jesús se acercó a ellos, y tocándolos, les dijo: «Levántense, no tengan miedo». Cuando alzaron los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús solo.


Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: «No hablen a nadie de esta visión, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos»” (Mt 17,1-9).


Del miedo a la confianza

El relato de la Transfiguración sigue al de la confesión de Pedro en Cesarea y al primer anuncio de la Pasión (cfr. Mt 16, 13 y ss). Nos muestra la razón última por la que siempre vale la pena tener el valor de confesar a Jesús, incluso en los momentos más arduos y difíciles: Jesús es el Señor. La transfiguración, como anticipación de la resurrección, se ofrece como un horizonte que pretende aligerar el miedo e infundir valor para afrontar el camino de la vida.


Unos versículos antes (Mt 16,22) Pedro, al igual que los demás discípulos, se rebela contra la pasión y muerte que Jesús les había anunciado. No podían aceptar seguir a un Mesías cuya vida humana terminaría de esa manera. Es a la luz de este suceso que debe entenderse la experiencia de la transfiguración. Jesús había hablado de su muerte en cruz (cfr. Mt 16, 21 y ss), y de las condiciones para seguirle: "El que quiera venir en pos de mí, que tome su cruz..." (Mt 16,24). Ahora, Jesús trata de ayudar a sus discípulos a comprender que es cierto que sufrirá y morirá, pero que también es cierto que resucitará. En la transfiguración "vive" por adelantado la resurrección, precisamente para preparar a los apóstoles a afrontar el camino de su pasión y muerte.


La montaña

"Los llevó aparte a un monte elevado ", leemos en el Evangelio. El profeta Isaías dice que “sucederá al fin de los tiempos que la montaña de la Casa del Señor será afianzada sobre la cumbre de las montañas y se elevará por encima de las colinas. Todas las naciones afluirán hacia ella” (Is 2,2).


La subida al monte de Jesús y los tres discípulos se hace eco de otras “subidas” y otras experiencias de manifestación de Dios: el monte Horeb/Sinaí (Ex 3,1; 24,12-18), la subida y bajada de Moisés (Ex 19-34), la experiencia de Elías ( 1Re 19,1-18). En la montaña, Jesús revela a sus discípulos que su vida es mucho más profunda que lo que "ven" y lo que "saben".


"Se transfiguró": el evangelista es muy conciso al relatar este hecho. Sabemos por Lucas que Jesús subió a orar (Lc 9, 28): la transfiguración es, pues, un acontecimiento de oración en el que Jesús muestra su ser Uno con el Padre (cfr. Jn 10,30). Y en este diálogo, durante el que "sus vestiduras se volvieron blancas como la luz ", Jesús se revela como la Luz del mundo (Jn 12,46).


Moisés y Elías

"Se les aparecieron Moisés y Elías, hablando con Jesús": Elías, padre de los profetas, Moisés, guardián de la ley. En ellos se recoge toda la historia del Antiguo Testamento. Moisés había recibido como regalo diversas manifestaciones de Dios, y fue precisamente a causa de esta intimidad de amistad que su rostro resplandeció (cfr. Ex 34, 29-35). Moisés también anunció a Israel: "El Señor, tu Dios, te suscitará un profeta como yo; lo hará surgir de entre ustedes, de entre sus hermanos, y es a él a quien escucharán" (Dt. 18:15). Asimismo, Moisés ruega a Dios: «Por favor, muéstrame tu gloria» (Ex 33:18); y el Señor le responde: «Ningún hombre puede verme y seguir viviendo» (Ex 33:20-23). En la montaña, con Jesús, Moisés puede ver por fin la gloria de Dios, que es Jesucristo, el "Señor de la gloria" (1 Cor 2,8), Aquel sobre el que "brilla el esplendor de la gloria de Dios" (2 Cor 4,6); Jesús, el nuevo Moisés.


Junto a Moisés está Elías, el padre de los profetas que, habiendo subido también a la montaña, escucha a Dios “en el rumor de una brisa suave" (1 Reyes 19:12). Representa la síntesis ideal de toda la hueste de profetas que cerrará Juan el Bautista, quien es el último profeta, el "nuevo Elías" (cfr. Mt 11,14).


En cuanto a la presencia de Elías y Moisés, es cierto que Jesús debe revelarse a los discípulos; pero también hay un hecho más "humano": Jesús mismo necesita afrontar su pasión y muerte. Sabe que no puede hacerlo con sus discípulos, que no comprenden. Así que elige a dos "amigos" de gran talla. Dos amigos de la Escritura. Jesús nos sugiere de este modo que hay que saber elegir en quién confiar, porque no todo está al alcance de todos. Los amigos de la Escritura, junto con los santos, que la Iglesia nos indica como "amigos y modelos de vida", pueden ayudarnos con sus escritos y sus ejemplos a comprender el sentido de la vida y a darle una orientación correcta.


La nube

"Vino una nube del cielo.... ": la experiencia del Éxodo sigue siendo el telón de fondo: la extenuante marcha del pueblo por el desierto, guiada por una nube (Ex 13, 21 y ss); la nube en el monte Sinaí (Ex 19, 16); la nube que acompaña al "tabernáculo" (Ex 40, 34-35), que custodiaba "la ley" de Dios; y, por último, la nube que desciende sobre Jesús, que dirá: "Los verdaderos adoradores adorarán al Padre en Espíritu y en verdad" (Jn 4,23), cuando ya no se necesiten ni montañas ni tabernáculos particulares.


"Él es mi hijo, el amado: ¡escúchenlo!": en el momento del bautismo, también se oyó la Voz del cielo (Mc 1,11); ahora, esta misma Voz es oída por los discípulos. “Escúchenlo”: es el eco del Shemá -"Escucha, Israel" (Dt 6,4)- y de las palabras de Moisés: "El Señor, tu Dios, te suscitará un profeta como yo de entre tus hermanos. A él le prestarás atención (Dt 18:15)”. La voz en la montaña señala a Jesús, sólo a Él, como a Aquel que debe ser escuchado ahora: Él es la Palabra viva, la Palabra de vida, de verdad (cf. Jn 14,6).


Es bueno estar aquí

Pedro no entiende todo lo que sucede, pero sí una cosa: "Es bueno estar aquí" (Mt 17,4). Este es el impulso humano: cuántas experiencias "bonitas" vivimos también hasta el punto de dejarnos tentar y decir "hagamos tres tiendas...", "paremos el tiempo". Con el riesgo, sin embargo, de perseguir sólo experiencias emocionales que nos hagan incapaces de "bajar de la montaña" para volver allí donde está la vida concreta. Jesús enseña que la escucha activa es la cumbre de la experiencia: "Escúchenlo". Es decir, no podemos seguir bajo la dictadura de las emociones: son necesarias, por supuesto, pero no son suficientes. Sirven para darnos un nuevo impulso, valor... pero nosotros somos más grandes que las emociones. "Es la escucha lo que define al discípulo: no es una cuestión de ser originales, sino de ser servidores de la verdad -recuerda B. Maggioni-. La escucha está hecha de obediencia y esperanza. Requiere inteligencia para comprender, pero también valor para decidir, porque la Palabra te involucra y te arranca de ti mismo”. Dándote lo que tu corazón busca: "Esto os he dicho para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría sea plena" (Jn 15,11). "¡Señor, qué hermoso!"






miércoles 05 2026

JUEVES 6 DE AGOSTO DE 2026 -- Mateo 17, 1-9. -- LA TRANSFIGURACIÓN

 

Fiesta Transfiguración. Pidamos a Dios que realice en nosotros una transfiguración interior que nos permita contemplar su divinidad.



Por: José Fernández de Mesa | Fuente: Catholic.net





Del santo Evangelio según san Mateo 17, 1-9








En aquel tiempo toma Jesús consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los lleva aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos: su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. En esto, se les aparecieron Moisés y Elías que conversaban con él. Tomando Pedro la palabra, dijo a Jesús: «Señor, bueno es estarnos aquí. Si quieres, haré aquí tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y de la nube salía una voz que decía: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle». Al oír esto los discípulos cayeron rostro en tierra llenos de miedo. Mas Jesús, acercándose a ellos, los tocó y dijo: «Levantaos, no tengáis miedo». Ellos alzaron sus ojos y ya no vieron a nadie más que a Jesús solo. Y cuando bajaban del monte, Jesús les ordenó: «No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos».


Oración introductoria

Señor, creo, auténticamente estoy convencido, que hoy me invitas a compartir esa vivencia que tuvieron Pedro, Santiago y Juan en mi oración. Dame tu luz para saber apartar toda distracción y poder contemplarte, conocerte y amarte más.


Petición

Señor, que siempre escuche tu voz, en mi corazón.


Meditación del Papa

Recordar que la fe  cristiana implica, siguiendo el ejemplo de Jesús y en unión con él, una lucha "contra los Dominadores de este mundo tenebroso", en el cual el diablo actúa y no se cansa, tampoco hoy, de tentar al hombre que quiere acercarse al Señor:  Cristo sale victorioso, para abrir también nuestro corazón a la esperanza y guiarnos a vencer las seducciones del mal.

El Evangelio de la Transfiguración del Señor pone delante de nuestros ojos la gloria de Cristo, que anticipa la resurrección y que anuncia la divinización del hombre. La comunidad cristiana toma conciencia de que es llevada, como los Apóstoles Pedro, Santiago y Juan "aparte, a un monte alto", para acoger nuevamente en Cristo, como hijos en el Hijo, el don de la gracia de Dios: "Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle". Es la invitación a alejarse del ruido de la vida diaria para sumergirse en la presencia de Dios: él quiere transmitirnos, cada día, una palabra que penetra en las profundidades de nuestro espíritu, donde discierne el bien y el mal y fortalece la voluntad de seguir al Señor. Benedicto XVI, 22 de febrero de 2011.


Reflexión

Jesús se aparta con tres de sus apóstoles para orar, y lo hace en un monte alto. ¿Qué sentido tiene este detalle para Él? Sin duda alguna Jesucristo escogió un lugar adecuado para ofrecer una señal de su divinidad.


Jesús, para sus apóstoles, es el maestro y el guía de sus vidas, pero es fácil comprender que con el transcurrir del tiempo y las largas horas en su compañía perdieran de vista que Jesús era también el Mesías. En el capítulo 16 de este mismo evangelio podemos leer cómo Pedro realiza su confesión de fe, y manifiesta por primera vez que Cristo es el Mesías, el enviado por Dios para redimir al mundo. Probablemente los milagros y curaciones no lograban mantener esta llama de fuego interior, que es la fe, en el corazón de los apóstoles, y Jesús quiso transfigurarse delante de ellos, es decir, mostrarse en toda su divinidad.


También nosotros podemos ser como los apóstoles. Los hechos extraordinarios o milagrosos no son suficientes para mantener viva nuestra fe. En ocasiones pueden ayudarnos, pero la realidad es que a Cristo, a Dios, se le conoce en el diálogo, es decir, en la oración. Pidamos a Dios que realice en nosotros una "transfiguración interior" que nos permita contemplar su divinidad con el fin de conocerle y amarle cada día con más intensidad.


Propósito

Dedicar 15 minutos adicionales a esta meditación para gustar más de la contemplación de Cristo en el monte de la oración.


Diálogo con Cristo

Señor, sólo Tú eres la respuesta a todos mis anhelos y aspiraciones. Concédeme saber escucharte siempre para poder discernir el bien y el mal y, con tu gracia, podré adherirme a tu voluntad. Gracias por recordarme que nunca debo temer, porque Tú siempre estás conmigo, llenando mi vida de dones que tristemente, en ocasiones, dejo pasar.


Por: José Fernández de Mesa | Fuente: Catholic.net


martes 04 2026

MIÉRCOLES 5 DE AGOSTO DE 2026 -- Mateo 15, 21-28. -- CUANDO PARECE QUE DIOS DESOYE NUESTRAS PLEGARIAS

Tiempo Ordinario.   


Quiere que creamos y esperemos contra toda esperanza humana; que sigamos confiando en Él, en su omnipotencia y en su amor misericordioso.



Por: P. Sergio A. Córdova LC | Fuente: Catholic.net





Del santo Evangelio según san Mateo 15, 21-28








En aquel tiempo saliendo de Genesaret, Jesús se retiró hacia la región de Tiro y de Sidón. En esto, una mujer cananea, que había salido de aquel territorio, gritaba diciendo: «¡Ten piedad de mí, Señor, hijo de David! Mi hija está malamente endemoniada». Pero Él no le respondió palabra. Sus discípulos, acercándose, le rogaban: «Concédeselo, que viene gritando detrás de nosotros». Respondió Él: «No he sido enviado más que a las ovejas perdidas de la casa de Israel». Ella, no obstante, vino a postrarse ante él y le dijo: «¡Señor, socórreme!» Él respondió: «No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos». «Sí, Señor - repuso ella -, pero también los perritos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos». Entonces Jesús le respondió: «Mujer, grande es tu fe; que te suceda como deseas». Y desde aquel momento quedó curada su hija.


Oración introductoria

Mi fe, frente a las dificultades, se debilita, cuando debería crecer. Humildemente recurro a ti, Señor y Padre mío, suplicando la intercesión de san José, para que esta oración me ayude a aumentar mi fe, acrecentar mi esperanza y, sobre todo, sea el medio para crecer en mi caridad, en mi amor a Ti y a los demás.


Petición

¡Señor, hazme un testigo fiel de mi fe!


Meditación del Papa

La lectura del Evangelio comienza con los detalles sobre la región que Jesús iba a visitar: Tiro y Sidón, el noroeste de Galilea, tierra pagana. Y es aquí donde se encuentra con una mujer cananea, que se dirige a Él para pedirle que cure a su hija atormentada por un demonio. Ya en esta petición, se puede observar un inicio del camino de la fe, que en el diálogo con el divino Maestro crece y se refuerza. La mujer no tiene miedo de gritarle a Jesús "Piedad de mí", una expresión que aparece en los Salmos, lo llama "Señor" e "Hijo de David", manifestando así una firme esperanza de ser escuchada. ¿Cuál es la actitud del Señor frente al grito de dolor de una mujer pagana? Puede parecer desconcertante el silencio de Jesús, tanto que suscita la intervención de los discípulos, pero no se trata de poca sensibilidad al dolor de aquella mujer. San Agustín comenta sobre esto: " Cristo se mostraba indiferente hacia ella, no para negarle la misericordia sino para hacer crecer el deseo". Benedicto XVI, 16 de agosto de 2011.


Reflexión

¿No te ha pasado alguna vez que, cuando has rezado con mucho fervor por una necesidad particular o por una intención que llevabas muy en el alma, pareciera que Dios no te hace caso? Cuando ha estado muy enferma tu mamá, un hijo, tu esposo o cualquier ser querido, y has pedido a nuestro Señor que les devuelva la salud, y parece que no te escucha; o cuando has tenido un problema especial de cualquier índole –personal, familiar o profesional– y, después de encomendarte a Dios, no te han salido las cosas como tú querías; cuando alguno de tus mejores amigos ha sufrido un accidente o una operación grave y no ha salido adelante... Podríamos multiplicar los casos hasta el infinito, y tal vez a veces constatamos lo mismo: parece que nuestro Señor se hace un poco el sordo y tarda en responder a nuestras peticiones... ¿Verdad que es una experiencia que ocurre con cierta frecuencia en nuestra vida? Y si Cristo nos prometió atender nuestras plegarias –"Pedid y recibiréis, buscad y hallaréis, tocad y se os abrirá"– ¿por qué entonces Dios actúa así con nosotros?

San Agustín también se lo preguntó en más de una ocasión. ¿Y sabes qué respuesta encontró? "Dios –afirma– que ya conoce nuestras necesidades antes de que se las expongamos, pretende que, por la oración, se acreciente nuestra capacidad de desear, para que así nos hagamos más capaces de recibir los dones que nos prepara. Sus dones son muy grandes y nuestra capacidad de recibir es pequeña e insignificante. Y por eso, cuanto más fielmente creemos, más firmemente esperamos y más ardientemente deseamos este don, más capaces somos de recibirlo". Por tanto, lo que Dios pretende con ese modo de actuar es que se dilate nuestra capacidad de desear y de recibir los dones que nos promete.


Además, Él escucha siempre nuestras plegarias, y yo estoy totalmente convencido de ello. Lo que ocurre es que no siempre nos concede las cosas que le pedimos o no las hace como nosotros pretendíamos. Él es infinitamente más sabio que nosotros y, como buen Padre, nos da aquello que es más oportuno para nuestras almas. San Pablo nos dice, en efecto, que "nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene" (Rom 8, 26). Nadie tildará de cruel a una madre que no da a su niño pequeño el cuchillo que le pide, aunque sólo quiera jugar un poco sin pretender hacer ningún mal a nadie....


Más aún, lo que quiere Dios es aumentar nuestra fe en Él, nuestra confianza y nuestro amor incondicional a su Persona. Quiere que creamos y esperemos contra toda esperanza humana; que sigamos confiando en Él, en su omnipotencia y en su amor misericordioso, incluso cuando ya no se ve ningún remedio humano posible. Y precisamente entonces es cuando se revelará con más evidencia la grandeza de su poder y nos daremos cuenta de que ha sido Dios quien nos ha dado todo libre y gratuitamente, sólo porque Él es infinitamente bueno con sus criaturas. Al prolongar nuestra espera, desea probar cuán grande es nuestra fe y nuestra confianza en Él; y que le demostremos que, a pesar de todas las dificultades, le amamos por encima de todas las cosas, nos conceda o no lo que le pedimos.


Finalmente, una condición indispensable para que nuestras súplicas sean auténtica oración cristiana –y no una especie de chantaje contra Dios– es que siempre busquemos en todo su santísima voluntad. Así nos enseñó Jesús a orar y así lo decimos todos los días en el Padrenuestro: "Hágase, Señor, tu voluntad, en la tierra como en el cielo..."


Un ejemplo maravilloso de esto que estamos diciendo lo encontramos en el Evangelio de este domingo. Jesús se retira un poco de Galilea y hace una brevísima incursión por las regiones de Tiro y Sidón, ciudades paganas. Y he aquí que una mujer cananea le sale al encuentro y se pone detrás de Él, pidiéndole a gritos –literalmente– que cure a su hija enferma. ¿Y qué nos dice el Evangelio? Que Jesús "no le respondió ni palabra". ¡Demasiada indiferencia!, ¿no? Pero no acaba todo aquí. Son sus propios discípulos los que, viendo al Maestro impertérrito, le suplican que la atienda. Pero no se lo piden por compasión, sino para que deje de gritar detrás de ellos. ¡Qué vergüenza que una "loca" los venga siguiendo con esos gritos!... Pero Jesús vuelve a darles otra aparente negativa: "No he sido enviado sino a las ovejas descarriadas de la casa de Israel". Y nuevamente silencio.


La mujer llega corriendo y se postra a los pies de nuestro Señor, pidiéndole que tenga piedad de ella: "Señor, socórreme". Una oración brevísima, llena de dolor, de fe y de inmensa confianza. Es la súplica desgarrada de una madre. Pero  Cristo, con su respuesta, parece ignorarla. Seguramente se estaría haciendo una grandísima violencia interior, pues conocemos su infinita misericordia. Pero tenía que llevar hasta el fin la fe de esta mujer para dejarnos una lección tan importante. Si ella no hubiese tenido la fe y la humildad que tuvo, se habría marchado furiosa y escandalizada del Maestro. "No está bien –le responde el Señor– echar a los perros el pan de los hijos" –ya que Él había sido enviado a curar primero a los hijos de Israel–. Pero la mujer no se da por ofendida y persevera en su oración de súplica. Sus maravillosas palabras, de una humildad y de una confianza conmovedoras, son dignas de ser grabadas no ya en una lápida de bronce, sino en el fondo de nuestros corazones: "Tienes razón, Señor; pero también los perrillos se comen las migajas que caen de la mesa de sus amos".


Y es entonces cuando nuestro Señor prorrumpe en un grito de júbilo y de admiración ante la grandeza de alma de esta mujer, que ni siquiera era del pueblo elegido: "Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla lo que deseas". Y en aquel momento –nos narra el Evangelio– quedó curada su hija. La fe de esta mujer venció todos los obstáculos y conquistó el corazón de Jesucristo.


Ésta es la lección de hoy: sólo con la fe, la humildad, la confianza y la perseverancia en nuestra oración, a pesar de todas las dificultades -como la mujer cananea– es como penetramos hasta el corazón de Dios y sólo así es como el Señor escucha nuestras plegarias.


Propósito

En las dificultades de este día, hacer un acto de fe y pedir con confianza la ayuda de Dios.


Diálogo con Cristo

Señor, sólo con la fe, la humildad, la confianza y la perseverancia en nuestra oración, a pesar de todas las dificultades –como la mujer cananea– es como penetramos hasta el corazón de Dios y sólo así es como escuchas nuestras plegarias.


Por: P. Sergio A. Córdova LC | Fuente: Catholic.net


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