domingo 18 2026

LUNES 19 DE OCTUBRE DE 2026 -- Lucas 12, 13-21.-- CUIDADO CON LA AVARICIA

 Tiempo Ordinario


Confiemos en Dios, que mirándonos con amor nos dará muy por encima de lo que pidamos e imaginemos.





Del santo Evangelio según san Lucas 12, 13-21








Uno de la gente le dijo: «Maestro, di a mi hermano que reparta la herencia conmigo». El le respondió: «¡Hombre! ¿Quién me ha constituido juez o repartidor entre vosotros?» Y les dijo: «Mirad y guardaos de toda codicia, porque, aun en la abundancia, la vida de uno no está asegurada por sus bienes». Les dijo una parábola: «Los campos de cierto hombre rico dieron mucho fruto; y pensaba entre sí, diciendo: "¿Qué haré, pues no tengo donde reunir mi cosecha?" Y dijo: "Voy a hacer esto: Voy a demoler mis graneros, y edificaré otros más grandes y reuniré allí todo mi trigo y mis bienes, y diré a mi alma: Alma, tienes muchos bienes en reserva para muchos años. Descansa, come, bebe, banquetea." Pero Dios le dijo: "¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma; las cosas que preparaste, ¿para quién serán?" Así es el que atesora riquezas para sí, y no se enriquece en orden a Dios».


Oración introductoria

Padre, te pedimos que valoremos que la vida es el periodo de tiempo, corto, que tenemos para decidir nuestra eternidad, y para amar.


Petición

Espíritu Santo, fortaléceme para saber distinguir lo que vale para la eternidad y sepa confiar en tu Providencia divina.


Meditación por el Papa

En la Liturgia resuena la palabra provocadora de Eclesiastés: "vanidad de vanidades... todo es vanidad". Los jóvenes son particularmente sensibles al vacío de significado y de los valores que a menudo les rodean. Y lamentablemente pagan las consecuencias. Sin embargo el encuentro con Jesús vivo, en su gran familia que es la Iglesia, llena el corazón de alegría, porque lo llevan de verdadera vida, de un bien profundo, que no pasa y no se marchita: lo hemos visto sobre los rostros de los jóvenes en Río.


Pero esta experiencia debe afrontar la vanidad cotidiana, el veneno del vacío que se insinúa en nuestras sociedades basadas en el beneficio y en el haber, que engañan a los jóvenes con el consumismo. El Evangelio de este domingo nos llama la atención precisamente sobre lo absurdo de basar la propia felicidad en el haber. El rico se dice a sí mismo: "Alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, como, bebe y date buena vida". Pero Dios le dijo: "Insensato, esta misma noche vas a morir. ¿Y para quién será lo que has amontonado?". Queridos hermanos y hermanas la verdadera riqueza es el amor de Dios, compartido con los hermanos. Ese amor que viene de Dios y hace que lo compartamos y nos ayudamos entre nosotros. Quién experimenta esto no teme a la muerte, y recibe la paz del corazón. Confiamos esta intención, esta intención de recibir el amor de Dios y compartirlo con los hermanos, a la intercesión de la Virgen María. (Ángelus de S.S. Francisco, 4 de agosto de 2013).


Reflexión

Este Evangelio es engañador para quien lo lee superficialmente: ¿es malo tener grandes cosechas? ¿es malo construir graneros donde guardarlas? Nada de eso. Cristo elogiará siempre a los hombres sagaces y prudentes.


El problema está en el alma. El desdichado protagonista de la parábola invita al alma a descansar, a dejar todo esfuerzo porque tiene todo lo suficiente para vivir. Cristo está refiriéndose en estas líneas a la eterna tentación de todo pueblo y toda persona que alcanza cierto nivel de bienestar: creer que ya no necesita de Dios por tener cubiertas las necesidades corporales.


Cuando el hombre tiene pan, placeres, seguridad social y pasatiempos apetecibles, no siente la necesidad de Dios y tampoco cree que el demonio actúe, pues a él no le toca. Pero también los hay que gozan de su avanzada sociedad occidental, que tienen su casa, su coche, su salario que les permite vivir holgadamente, pero eso sí, no olvidan que el alma necesita trabajar y hacer obras buenas, y además, comparten lo que tienen poniéndolo al servicio del Evangelio y de sus hermanos. Por buenos que ya seamos, por muchas conquistas que hayamos logrado con nuestras oraciones, sufrimiento y esfuerzos no es suficiente si seguimos en la tierra y no estamos exentos de sucumbir a la tentación.


La vida es el periodo de tiempo, corto, que tenemos para decidir nuestra eternidad, y para amar. Cada día mueren millones de personas, un día será el tuyo y el mío. Un día todo esto habrá acabado y tenemos en nuestras manos que ese día sea el mejor de nuestra vida. Hemos de trabajar sin descanso, pensando en el día que todo será descanso. Puede que la idea del cielo no nos incentive demasiado, que prefiramos un premio terrenal, que creamos que el cielo es una levitación aburrida..., no desconfiemos, cuentan de aquel pobre vagabundo que pidió a un rey una moneda y éste le miró con cariño y le lavó, le vistió con las mejores galas y lo llevó a palacio. No nos quedemos con la moneda de la felicidad terrenal, confiemos en nuestro Rey que mirándonos con amor nos dará muy por encima de lo que pidamos e imaginemos. Todo lo que deseamos y mucho más está en el cielo, pues ¡vamos a llenarlo!, vamos a dedicar nuestra vida a hacer felices a los hombres, a llevarles al cielo.


Propósito

Si de Dios recibimos dones tan grandes, también nosotros debemos dar: en ámbito espiritual debemos dar bondad, amistad y amor. Pero también debemos dar en el ámbito material, compartir el pan.


Diálogo con Cristo

Acumular, comprar, buscar el placer… es el afán prioritario de nuestra cultura. Señor Jesús, frecuentemente me encuentro contemplando las cosas buenas de este mundo, pero no como medios sino como un fin. Necesito tener claras mis prioridades: Tú, primero, y luego todo lo demás, según me lleven hacia Ti. Dame la sabiduría para saber que la vida es corta y debo vivirla sólo para Ti.


Por: Catholic.net | Fuente: Catholic.net




 









DOMINGO MUNDIAL DE LAS MISIONES








El Domingo Mundial de las Misiones (DOMUND) se celebra hoy, 18 de octubre de 2026, conmemorando su centenario desde que fue instituido en 1926 por el papa Pío XI.


Detalles clave de la celebración de 2026:


• Lema oficial: «Uno en Cristo, unidos en la misión», un llamado del papa León XIV.


• Indulgencia plenaria: La Penitenciaría Apostólica del Vaticano ha concedido indulgencia plenaria a los fieles que participen devotamente en las actividades de la jornada (como el rezo del Rosario por las misiones) bajo las condiciones habituales (confesión sacramental, comunión eucarística y oración por las intenciones del Papa).


• Origen y propósito: La jornada busca promover la solidaridad, la oración y el apoyo económico para los territorios de misión en todo el mundo a través de las Obras Misionales Pontificias.





sábado 17 2026

DOMINGO 18 DE OCTUBRE DE 2026 -- ¿ QUÉ QUISO DECIR JESÚS CUANDO AFIRMÓ : "DAD, PUES, AL CÉSAR LO QUE ES DEL CÉSAR, Y A DIOS LO QUE ES DE DIOS"

 









Reflexión 


"Dad, pues, a César lo que es de César" es una cita muy conocida que aparece en Mateo 22:21 y forma parte de la respuesta de Jesús a un intento conjunto de los herodianos y los fariseos de hacer tropezar a Jesús delante de Su propio pueblo.


Los herodianos eran un partido judío no religioso que apoyaba a la dinastía de Herodes y la política general del gobierno romano. Percibían que la enseñanza y la influencia puras y espirituales de Cristo eran contrarias a sus intereses. Los fariseos, por su parte, eran miembros de una antigua secta judía que creía en la estricta observancia de las tradiciones orales y de la Ley escrita de Moisés. No creían que Cristo fuera el Mesías, a pesar de Sus numerosos milagros durante Su ministerio terrenal. Aunque herodianos y fariseos se hallaban en extremos opuestos del espectro político, su odio común a Cristo bastó para que unieran sus fuerzas para intentar destruirlo.


He aquí el contexto del mandato de Jesús de "Dad, pues, a César lo que es de César": en Mateo 22, Jesús acababa de regresar a Jerusalén por última vez y acababa de compartir varias parábolas con la multitud. Los enemigos de Jesús vieron la oportunidad de poner a Jesús en un aprieto delante de Sus seguidores. En el versículo 17, le dicen a Jesús: "Dinos, pues, qué te parece: ¿Es lícito dar tributo a César, o no?". Era una pregunta capciosa, y ellos lo sabían. Si Jesús respondía "No", los herodianos lo acusarían de traición a Roma. Si respondía que sí, los fariseos lo acusarían de deslealtad a la nación judía y perdería el apoyo de la multitud. ¿Pagar impuestos o no pagar impuestos? La pregunta era un círculo vicioso.


La respuesta de Jesús es nada menos que brillante: "Pero Jesús, conociendo la malicia de ellos, les dijo: ¿Por qué me tentáis, hipócritas? Mostradme la moneda del tributo. Y ellos le presentaron un denario" (Mateo 22:18-19).


El denario era una moneda que se utilizaba como impuesto en aquella época. Era de plata y tenía una imagen del emperador con una inscripción que lo llamaba "divino". Los judíos consideraban tales imágenes idolatría, prohibida por el segundo mandamiento. Esta era otra razón por la que, si Jesús respondía "Sí", estaría en problemas. Su aceptación del impuesto como "lícito" podría haberse visto como un rechazo del segundo mandamiento, lo que pondría en duda Su afirmación de ser el Hijo de Dios.


Con la moneda expuesta ante ellos, Jesús dijo: "¿De quién es esta imagen, y la inscripción?". Los herodianos y fariseos, declarando lo obvio, dijeron: "De César". Entonces Jesús puso fin a sus insensatos trucos: "Dad, pues, a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios" (Mateo 22:21). Al oír esto, los enemigos de Jesús se maravillaron y se fueron (versículo 22).


Cuando Jesús dijo: "Dad, pues, a César lo que es de César", estaba estableciendo una clara distinción entre dos reinos. Hay un reino de este mundo, y el César tiene poder sobre él. Pero hay otro reino, que no es de este mundo, y Jesús es su Rey (Juan 18:36). Los cristianos formamos parte de ambos reinos, al menos temporalmente. Bajo el César, tenemos ciertas obligaciones que implican cosas materiales. Bajo Cristo, tenemos otras obligaciones que implican cosas eternas. Si el César te pide dinero, dáselo: es solo mammón. Pero asegúrate de dar también a Dios lo que Él exige.


El César acuñaba monedas, como tenía derecho a hacer, y exigía algunas monedas a cambio, como era su derecho. Al fin y al cabo, su imagen estaba estampada en lo que había fabricado. Dios ha "acuñado" el alma humana, y ha estampado Su imagen en cada uno (Génesis 1:27). Así que dad al César lo que le corresponde—las cosas temporales de este mundo—pero aseguraos de dar a Dios lo que le corresponde: "presentaos vosotros mismos a Dios como vivos de entre los muertos, y vuestros miembros a Dios como instrumentos de justicia" (Romanos 6:13).





SÁBADO 17 DE OCTUBRE 2026 -- ESPÍRITU SANTO Y MARÍA

 







El Padre Nicolás nos invita a reflexionar sobre la relación entre el Espíritu Santo y la Virgen María.


Quisiera meditar con Uds. algunos momentos en la vida de María.


La Encarnación. No hay duda de que la vida de la Sma. Virgen estaba, desde su inicio, bajo la fuerte influencia del Espíritu de Dios. La Virgen es la “Toda santa” porque desde el primer momento de su existencia fue “sagrario del Espíritu Santo”.


Pero su gran encuentro con el Espíritu fue la Anunciación del ángel que culminó con la encarnación. Allí María tuvo su primer Pentecostés: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el Poder del Altísimo te cubrirá con su sombra” (Lc 1, 35). A partir de ese acontecimiento, Ella es llamada sagrario, tabernáculo, santuario del Espíritu. Con ello se indica la inhabitación del Espíritu Santo en María de un modo del todo singular y superior al de los demás cristianos. Como en todo ser humano, el Espíritu de santidad quiere actuar en la Virgen y a través de Ella.


Pero aquí hay algo más, algo nuevo y único: el Espíritu Santo quiere actuar junto con la Virgen. ¿Y para qué? Quiere unirse y atarse a María para que de Ella nazca Jesucristo, el Hijo de Dios. Y quiere que la Sma. Virgen diga su Sí totalmente voluntario y libre, para entregarse al Espíritu de Dios, para convertirse en Madre de Dios.


Su crecer en el orden del Espíritu. No debemos pensar que la Virgen haya entendido todo desde el primer momento. Evidentemente comprendió mucho más que nosotros. Porque tenía, como dice Santo Tomas de Aquino, la luz profética que le regaló un conocimiento mayor de las cosas de Dios.


Sin embargo, como ser humano, Ella crecía en sabiduría y desarrollaba su entendimiento a lo largo de la vida. Por eso dice el Padre Kentenich, fundador del Movimiento de Schoenstatt, que María iba adentrándose crecientemente en el orden del Espíritu.


¿Y que quiere decir eso? María tenía que ir comprendiendo, paso a paso, lo que quería Jesús y lo que debía hacer Ella a su lado. Tenía que entrar progresivamente en ese mundo de su Hijo Divino, en el que sólo el Espíritu Santo podía introducirla.


En diálogo con el Espíritu de Dios, tenía que recorrer su propio camino de fe. Pensemos en la pérdida de Jesús, al cumplir los doce años. Cuan difícil fue para Ella cuando su Hijo los abandonó y después les dijo:


“¿No saben que tengo que preocuparme de los asuntos de mi padre?” (Lc 2, 49). Como agrega el texto, María no entendió lo que Jesús acababa de decirles. Pero seguramente se dio cuenta de que su Hijo llevaba en su interior otro mundo, el mundo del Padre, en el cual también Ella tenía que adentrarse de un modo más perfecto.


Otro momento difícil surgió en las bodas de Cana. “Mujer, Tú no piensas como yo: todavía no ha llegado mi hora” (Jn 2.4). El pensar de María es todavía muy humana: quiere ayudar a los novios en su necesidad. Jesús mira más allá, piensa en su gran Hora, la hora de la Cruz. Y, sin embargo, cumple el deseo de su Madre.


Y cuando llegó la gran Hora, sobre el monte Calvario, ya callan en Ella los deseos y necesidades naturales. Todo queda sujeto a la voluntad del Padre. Ya no quiere otra cosa que cumplir perfectamente con su rol en el plan de salvación.


Cumbre de ese insertarse en el orden del Espíritu fue la espera de Pentecostés. Allí María se convirtió en instrumento perfecto del Espíritu Santo. Condujo a los apóstoles y discípulos a la sala del Cenáculo. Les transmitió su anhelo profundo por el Espíritu Divino. E imploró con ellos la fuerza de lo alto sobre toda la Iglesia reunida.


En Pentecostés se colmó su ansia por el Espíritu de Dios. Allí quedó completamente compenetrada y transformada por El. Ya en su vida tuvo un cuerpo espiritualizado, es decir, transformado por el Espíritu, de modo que no podía ser destruido. Y así ya quedó preparada para su último y definitivo paso: la asunción en cuerpo y alma al cielo.


Creo que también en nuestra propia vida debe existir un insertarnos paulatinamente en el orden del Espíritu.


Por: Padre Nicolás Schwizer | Fuente: Retiros y homilías del Padre Nicolás Schwizer


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