miércoles 25 2026

JUEVES 26 DE FEBRERO DE 2026 -- Mateo 7, 7-12. -- BUSCAD Y HALLARÉIS, LLAMAD Y SE OS ABRIRÁ

 Cuaresma y Semana Santa


Dios Padre es tan bueno que no nos concede todo lo que pedimos, sino aquello que conviene a nuestra vida.



Por: José Fernández de Mesa | Fuente: Catholic.net





Del santo Evangelio según san Mateo 7, 7-12








En aquel tiempo dijo Jesús: «Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide recibe; el que busca, halla; y al llama, se le abrirá. ¿O hay acaso alguno entre vosotros que al hijo que le pide pan le dé una piedra; o si le pide un pez, le dé una culebra? Si, pues, vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡Cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que se las pidan! «Por tanto, todo cuanto queráis que os hagan los hombres, hacédselo también vosotros a ellos; porque ésta es la Ley y los Profetas.


Oración introductoria

Vengo a orar, Jesús, confiado en tus palabras. Sé que si te pido, me darás; que si te busco, te encontraré; que si toco a la puerta de tu corazón, me la abrirás, porque Tú sólo me das cosas buenas.


Petición

Te pido, Señor, que me ayudes a descubrir siempre cuál es tu voluntad y me des tu gracia para cumplirla.


Meditación del Papa 

De manera directa, pero con afecto, Jesús dice: “Si ustedes, pues, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¿Cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo piden?”


Cuánta sabiduría hay en estas palabras. Es verdad que en cuanto a bondad y pureza de corazón nosotros, seres humanos, no tenemos mucho de qué vanagloriarnos. Pero Jesús sabe que, en lo que se refiere a los niños, somos capaces de una generosidad infinita. Por eso nos alienta: si tenemos fe, el Padre nos dará su Espíritu.                   


Nosotros los cristianos, discípulos del Señor, pedimos a las familias del mundo que nos ayuden. Somos muchos los que participamos en esta celebración y esto es ya en sí mismo algo profético, una especie de milagro en el mundo de hoy que está cansado de inventar nuevas divisiones, nuevos quebrantos, nuestros desastres. Ojalá todos fuéramos profetas. Ojalá cada uno de nosotros se abriera a los milagros del amor para el bien de su propia familia todas las familias del mundo, y estoy hablando de milagro de amor y poder así superar el escándalo de un amor mezquino y desconfiado, encerrado en sí mismo e impaciente con los demás.  (Homilía de S.S. Francisco, 27 de septiembre de 2015).


Reflexión

El sermón de la montaña es uno de los pasajes de los cuatro evangelios en que encontramos más claridad y precisión en las palabras de Cristo. Jesús nos transmite dos cosas en este texto: la eficacia total de la oración y la ley de la caridad.


Con frecuencia se puede caer en la tentación de desanimarse en la vida de oración porque no vemos los frutos o no se nos concede aquello que pedimos. Jesús, sin embargo, nos dice todo lo contrario. Todo lo que pidamos a Dios se nos concederá, porque Él es un padre bueno que da a sus hijos aquello que le piden. ¿Qué pensaríamos de un padre que da a su hijo una serpiente, como dice el evangelio, porque éste le ha pedido un pan? Dios Padre es tan bueno que no nos concede todo lo que pedimos, sino aquello que conviene a nuestra vida, aunque no nos demos cuenta.


Finalmente Jesús concluye con la ley que sigue Dios: el amor. Dios nos concede todo por este único motivo. Nosotros, que hemos sido creados a su imagen y semejanza, tenemos que vivir este mismo amor con todos de una manera universal, como lo hace Él. Hagamos un esfuerzo especial estos días de cuaresma para amar más a todos los hombres a ejemplo e imitación de Jesucristo.


Propósito

Dejar, con confianza, mis preocupaciones en manos de Dios y dedicar un tiempo a la evangelización.


Diálogo con Cristo

Jesús, ayúdame a llevar a cabo mi misión, confiado en que Tú me darás la luz y la fortaleza para poder ser ese canal por el cual fluya tu gracia e inunde a mis hermanos de tu amor. Soy un torpe y débil instrumento, pero sé que si te lo pido y te dejo actuar, podré lograr milagros. ¡Gracias, Señor, por permitirme participar en la evangelización!


Por: José Fernández de Mesa | Fuente: Catholic.net


martes 24 2026

MIÉRCOLES 25 DE FEBRERO DE 2026 -- Lucas 11, 29-32. -- NO SE LE DARÁ OTRA SEÑAL QUE LA DE JONÁS

 Cuaresma y Semana Santa


La señal más grande que Dios haya podido obrar en el alma es la conversión.



Por: Andrés Pérez | Fuente: Catholic.net





Del santo Evangelio según san Lucas 11, 29-32








En aquel tiempo, la gente se apiñaba alrededor de Jesús y Él se puso a decirles: Esta generación es una generación malvada; pide una señal, y no se le dará otra señal que la señal de Jonás. Porque, así como Jonás fue señal para los ninivitas, así lo será el Hijo del hombre para esta generación. La reina del Mediodía se levantará en el Juicio con los hombres de esta generación y los condenará: porque ella vino de los confines de la tierra a oír la sabiduría de Salomón, y aquí hay algo más que Salomón. Los ninivitas se levantarán en el Juicio con esta generación y la condenarán; porque ellos se convirtieron por la predicación de Jonás, y aquí hay algo más que Jonás.


Oración introductoria

Señor, conoces mi corazón, todos mis pensamientos, deseos e intenciones, buenos y malos, y sé que puedo contar con tu amor, aunque no soy digno de él. Gracias por tu paciencia y misericordia, por las innumerables gracias que hoy quieres concederme en esta oración, por eso te pido que me ilumines para dedique estos preciosos momentos a contemplar la grandeza de tu amor.


Petición

Señor, no permitas que te pida señales o dude de Ti, ayúdame a crecer cada día en la fe y en la humildad.


Meditación del Papa 

Realmente hace un milagro, porque en este caso él [Jonás] ha dejado de lado su terquedad y ha obedecido a la voluntad de Dios, y ha hecho lo que el Señor le había mandado.  Nínive se convierte y ante esta conversión, Jonás, que es el hombre que no es dócil al Espíritu de Dios, se enfada: Jonás sintió una gran tristeza y se desdeñó. E, incluso, reprende al Señor.     La historia de Jonás y Nínive se articula en tres capítulos: el primero es la resistencia a la misión que el Señor le confía; el segundo es la obediencia, y cuando se obedece se hacen milagros. La obediencia a la voluntad de Dios y Nínive se convierte. En el tercer capítulo, hay una resistencia a la misericordia de Dios.


Esas palabras: ‘Señor, ¿no era esto quizás lo que yo decía cuando estaba en mi pueblo? Porque Tú eres un Dios misericordioso y clemente’, y yo he hecho todo el trabajo de predicar, he hecho mi trabajo bien hecho, ¿y Tú les perdonas? Y el corazón con esa dureza que no deja entrar la misericordia de Dios. Es más importante mi sermón, son más importantes mis pensamientos, es más importante toda esa lista de mandamientos que debo observar, todo, todo, todo que la misericordia de Dios.


Y este drama también Jesús lo ha vivido con los doctores de la Ley, que no entendía por qué Él no dejó que lapidaran a aquella mujer adúltera, cuando Él iba a cenar con los publicanos y pecadores: no lo entendían. No entendían la misericordia. Hay que esperar en el Señor, porque en el Señor hay misericordia, y en Él hay abundante redención. (Cf Homilía de S.S. Francisco, 6 de octubre de 2015, en Santa Marta).


Reflexión

Son palabras duras las del Señor. Y valen también para hoy, y con una actualidad que espanta. Veámoslo.


Dentro de los deseos del hombre constatamos con bastante frecuencia esa tendencia a ver "rarezas" por doquier. Nos causa mucho placer, nos devora la curiosidad, nos arrojaríamos casi sin pensarlo adonde algún evento nos sacie este anhelo de espectacularidades. Y más si se trata de lo del más allá y todas esas cosas.


Pero también están los "racionales", los que piensan que todo tiene que tener una explicación científica, como si todo fueran astros y cálculos matemáticos. El día en que algún científico logre hacer la ecuación que demuestre cuánto amor tiene un hijo por su madre, seguramente llegará el fin del mundo porque nunca lo logrará. Entonces tenemos a los demasiado crédulos y a los netamente incrédulos. Los que han pedido signos a Cristo representan a estos dos bandos. No pedirían nada si fueran verdaderos creyentes. Veamos si las cosas no están así hoy en día.


Cerremos los ojos. Recordemos personas, situaciones, programas de televisión, etc. Seguramente saldrán a la memoria aquellos sujetos que buscan hasta en las piedras volcánicas algún rastro de lo divino, o de los que se montan en una exótica pirámide para aspirar energía cósmica. También serán rememorados los sabios del mundo que, mirando estrellas, formulan teorías científicas sobre agujeros negros, quasares y supernovas mandando, eso sí, a la Inteligencia que los creó a la oscuridad de supersticiones vanas.


Unos y otros piden una señal. ¿Qué ha dicho Cristo hoy por boca del evangelista Lucas? Que, lamentablemente, somos “una generación malvada”, esto es, no hemos convertido el corazón al Dios vivo, lo tenemos cegado con nuestra mala conducta y soberbia de la vida. ¿Cómo pedimos, entonces, una señal de fe si hemos cerrado, con esta actitud, el corazón a acoger al Señor?


Por eso la única señal será la del profeta Jonás, el hombre que predica la conversión por toda la ciudad de Nínive, a ver si libremente cada uno de nosotros acepta la propuesta, muda el corazón, y nos volvemos a Dios. Ya con esto habremos logrado la más grande señal que Dios haya podido obrar en el alma libre: la conversión por propia y deliberada iniciativa al Dios que da la vida, Fuente perenne del verdadero creyente, Verdad eterna del verdadero sabio.

Es mejor no pedir ninguna señal al Señor. Con esto hacemos mejor mérito a nuestra fe en Él.


Propósito

Rezar el resto de esta semana, una oración para pedir la humildad.


Diálogo con Cristo

Señor, ¡qué distinto sería el mundo si los cristianos viviéramos en todo tu mensaje redentor! Mi falta de fe y soberbia inutilizan tu gracia, porque aunque digo que soy cristiano, muchas veces, en la vida diaria, me comporto como si no lo fuera, porque frecuentemente pierdo la paciencia, soy mal humorado y altanero en mi trato con los demás. Ayúdame para que, lleno de alegría y optimismo, dedique mi tiempo a querer, a amar, a sonreír y a poner en práctica mi fe para hacer feliz a los demás.


 Por: Andrés Pérez | Fuente: Catholic.net



 





lunes 23 2026

MARTES 24 DE FEBRERO DE 2026 -- ORACIÓN DEL PADRE NUESTRO -- DESGLOSADO

 Nunca volverás a rezar el Padre Nuestro igual después de esta meditación


Este fin de semana tuve la bendición de animar un retiro para señores de la Hermandad de «Nuestra Señora de la Reconciliación», sobre la oración del Padre Nuestro. Quiero compartir algunas experiencias espirituales que he tenido, puesto que fue muy especial, pude sentir la acción suave del Espíritu Santo, como esa brisa que escuchó Elías cuando estaba dentro de la cueva del monte Horeb, esperando la voz de Dios (1 Reyes 19, 3-15). Empezaré desglosando esta oración y meditando sobre la importancia de cada palabra.






«Padre Nuestro»

En primer lugar, el «Padre Nuestro» que rezamos, prácticamente a diario, no lo debemos rezar simplemente como muchas otras oraciones que solemos rezar. Es la única oración que enseñó Jesús a sus Apóstoles. Con las primeras dos palabras: «Padre Nuestro», Jesús ya nos enseña algo inusitado e inimaginable para cualquier hebreo de la época. Sabemos que los judíos no podían decir el nombre de Dios. Incluso, por ejemplo Moisés, cuando tiene que liberar al pueblo judío del Faraón, le pregunta cómo llamarlo, cuando le preguntasen quién lo enviaba. No se atrevía a darle un nombre. («Yo soy el que soy», Éxodo 3, 14).


También, para los hebreos, el nombre significaba la identidad misma de la persona. Por lo tanto, cuando Jesús dice: «Padre Nuestro», está no solamente diciendo cómo referirse a Dios, sino haciendo explícito que Él es nuestro Padre. Algo que nunca nadie sería capaz de imaginarse. Dios era el Creador, y nos hizo a su imagen y semejanza (Génesis 1, 26ss), pero en Cristo, por medio del Espíritu Santo, sabemos ahora que Dios, además, es realmente nuestro Padre. «Y puesto que somos sus hijos, también tendremos parte en la herencia que Dios nos ha prometido, la cual compartiremos con Cristo, puesto que sufrimos con él para estar también con él en su gloria» (Romanos 8, 17).


«Santificado sea tu nombre»

Así como decimos: «Santificado sea tu nombre», nosotros también somos santos. Si nuestro padre es santo, también nosotros. Pero eso es algo que implica de nuestra parte un esfuerzo diario. Una lucha constante, para ser cada vez más como Jesucristo, Hijo del Padre. Hasta, como dice san Pablo, «que no sea yo quien viva, sino Cristo quien viva en mí» (Gálatas 2, 20). Por eso es por lo que vemos en varias citas, que somos llamados a ser «santos como Yo soy santo», o «perfectos como nuestro Padre es perfecto» (Levítico 11, 44 / Mateo 5, 48 / 1 Pedro 1, 16).


«Venga a nosotros tu Reino»

Gracias a Jesús, el Reino Eterno de Dios ya está en medio de nosotros. Sin embargo, es la Iglesia — es decir, todos nosotros en comunión con Cristo — quienes debemos proclamar y difundir el Reino a todos los Pueblos. Así nos lo ha dicho el Señor Jesús, antes de subir a los Cielos (Mateo 28, 19).


Por eso cada uno de nosotros está llamado al apostolado. A predicar sin miedo la Palabra del Señor, la Buena Nueva. Para que todos puedan conocer la dicha del Reino Eterno de Dios. Lo más hermoso en todo esto, es saber que el Reino empieza en el corazón de cada uno de nosotros. El Reino se extiende aquí en la Tierra, mientras cada uno permita que la vida de Cristo instaure su amor en cada corazón.


Este Reino, es el Reino del amor. El poder que nos mostró Cristo es el servicio. Se trata de un Reinado, por lo tanto, radicalmente diferente a como entendemos el poder entre nosotros. Para Dios, es la caridad que se hace concreta por medio del servicio a los hermanos, de modo privilegiado a los más necesitados, ese es el poder de Dios.


«Hágase tu voluntad»

De Cristo mismo, y de María también, aprendemos a decir el «sí» que el Padre desea que brote de nuestro corazón. Un «sí» que va madurando a través de la generosidad, del sacrificio y de las renuncias que significa optar por ese Reino que mencionabamos anteriormente.


El «hágase» generoso e incondicional que vemos en María, cuando el Arcángel Gabriel le anuncia y pregunta si quiere ser la Madre del Mesías – Salvador (Lucas 1, 26 – 38) es para nosotros un ejemplo claro de cómo debemos estar dispuestos a asumir cualquier cosa por amor al Padre. María sabía que su «Fiat» implicaría una pedagogía del dolor – alegría.


A lo largo de toda su vida se fue preparando para ese «hágase» pleno, en la Pasión y muerte de Cruz. Optar por seguir a Jesús, sabemos todos, implica cargar la propia cruz. Lo anuncia Simeón diciendo que «una espada atravesará su alma» (Lucas 2, 35ss). Si queremos dar frutos de caridad, debemos estar dispuestos a morir como el grano de trigo, que solamente cuando cae en tierra y muere, puede dar frutos (Juan 12, 24 – 25). Esforzarnos también por ser la tierra fértil, que recibe la semilla y fructifica (cfr. parábola del sembrador: Mateo 13, 1-9).


«Danos hoy nuestro pan»

Que necesitamos cada día. Para todos es obvio que necesitamos comer para vivir. Es más, comer saludable para preservar nuestra salud corporal. Si comemos algo que está malogrado o vencido podemos tener serias consecuencias. Así mismo nuestro Espíritu, mejor dicho, nosotros necesitamos un alimento espiritual.


¿Cuál es ese «pan» que nos enseña Jesús a pedir? Para ello es necesario mirar con los ojos del corazón. Ir más allá de lo evidente, de lo que podemos tocar o sentir y esforzarse por sintonizar con la «frecuencia espiritual» del Señor. Esta petición fundamental del «Padre Nuestro» es la bisagra de toda la oración.


Ese «pan» es el mismo Cuerpo de Cristo. Es el Pan de la Vida (Juan 6, 22 – 59), que nos da fuerzas para caminar, para luchar espiritualmente. Para hacer y cumplir su voluntad, hacer apostolado, pedir y dar perdón, vernos libres del mal. En síntesis, es la carne de Cristo, que nos fortalece para vivir lo que pedimos. ¿Qué significa eso? Que sin la vida de Cristo, sin llevarlo en nuestro corazón no tenemos vida espiritual.


Debemos tener claro que el Padre nunca nos abandona, siempre está preocupado y saliendo a nuestro encuentro para fortalecernos, como el ángel de Dios que sale al encuentro de Elías, que cansado se tira en el desierto y pide a Dios que lo lleve (1 Reyes 19, 7-8). Luego de recibir y alimentarse de ese pan, que es Jesús mismo, tenemos la responsabilidad de darlo a los demás. ¿Cuántas personas hoy en día padecen hambre y están muriendo espiritualmente, deprimidos, tristes, solos y cansados de esta vida? ¿Cómo vence Elías su deseo de morir, de no querer hacer nada más, de sentirse cansado y triste? Cuando ya no se queda mirando a sí mismo, sino que mira la misión y se preocupa por los demás.


«Perdona nuestras ofensas»

Como también cada uno debe perdonar a quien nos ha ofendido. No quiero extenderme con esto del perdón. Pero me parece fundamental decir que, si no somos capaces de perdonar, es muy difícil amar. La falta de perdón llena el corazón de amargura, ira y rencor. Si no perdonamos no nos «libramos» del mal que nos pueden haber cometido.


Muchas veces el agresor ni es consciente de lo que hizo, pero los que sufrimos las consecuencias somos nosotros. Por ello se hace necesario perdonar, para que no carguemos esa animosidad. Aunque hay daños que nos hacen, que son muy difíciles de perdonar. Por ello solamente la gracia de Cristo, el Espíritu Santo mismo puede darnos la fuerza para perdonar.


La justicia debe aplicarse según los hechos cometidos, pero a la persona debemos siempre estar dispuestos a perdonar, viviendo esa misericordia que nos mostró en el madera de la Cruz, cuando murió por todos nosotros, sin importar todo el daño que le hicimos y le seguimos haciendo. No nos olvidemos nunca que Cristo nos invita a «no mirar la paja en el ojo ajeno, sino la viga que tenemos en el nuestro» (Mateo 7, 1 – 6).


«No nos dejes caer en tentación, y líbranos del mal»

Estas dos últimas peticiones hacen referencia al misterio del mal en nuestras vidas. Este problema en la vida del hombre es quizás una de las causas principales por las que muchos no se abren al amor del Padre, y muchos cristianos terminan renegando de la fe. ¿Por qué el Padre, quién nos creó, permite ciertos sufrimientos en la vida? Si Dios es bueno, ¿por qué existe el mal, el hambre, la guerra y la pobreza?


No quiero ni pretendo agotar la reflexión sobre el mal, pues es un misterio insondable. En primer lugar, me parece muy importante tener en cuenta que la fe nos permite comprender un poquito mejor ese misterio, en relación con aquellas personas que tal vez están alejadas. Porque en Cristo podemos darle una respuesta y sentido al dolor. Sin esa vida de Cristo, el mal no tiene ningún sentido.


Podemos hablar de dos tipos de mal. El que es fruto de las concupiscencias (Hebreos 2, 14), que nos conduce a idolatrar el placer, el tener y el poder. Poniéndolos en el sitio que debe ocupar nuestro Padre. Y por otro lado, algunos hechos de la vida, que solo Dios sabe porque nos suceden. Como pueden ser una enfermedad, una muerte, peleas, divisiones, injusticias, etc. que exigen de nuestra parte, aunque parezca que Dios nos ha abandonado (Mateo 27, 46), humildad y confianza en Él.


Esos «males» son ocasión para que seamos educados y forjados como el oro en el crisol. Es como un padre que educa a sus hijos, implica exigencia, a veces sufrimiento, pues es renunciar a nuestros caprichos y gustos personales, morir a esta vida corrompida por el pecado (Efesios 4, 22) y abrirnos a la vida nueva de Cristo. Es una «prueba» que permite Dios, para que maduremos y crezcamos en nuestro amor a Él. Obviamente, esto no es fácil de comprender. ¿De cuál mal pedimos que el Señor nos libere? Del enemigo, del demonio. El mentiroso, que busca «como león rugiente, queriendo devorarnos» (1 Pedro 5, 8 – 9).


Aprendamos del mismo Señor Jesús, el Hijo único del Padre, a rezar con la misma oración que nos enseñó. Aprendamos de Cristo mismo cómo relacionarnos con nuestro Padre. Espero que de aquí en adelante, cuando recemos el «Padre Nuestro», no sean palabras de memoria, sino un anhelo profundo de nuestros corazones que manifiesta nuestro deseo de amar cada día más a nuestro Padre. Para que de este modo nos asemejemos cada día más a nuestro Señor Jesús, quién es el «Camino, Verdad y Vida» (Juan 14, 6) el único que puede ayudarnos a realizarnos plenamente y vivir cotidianamente la verdadera felicidad.


Fuente :      catholic-link.com

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