lunes 19 2026

LA AVARICIA : LOS PECADOS CAPITALES

 Pecados Capitales









El Eclesiástico 14, 3 al 19 dice: “Al avaro no le sienta bien la riqueza, tampoco los bienes al envidioso. El que atesora a costa de privaciones, atesora para los demás. Otros gozarán de sus bienes. El que es malo consigo mismo, ¿con quien será bueno? No goza de sus riquezas... El hombre de mirada codiciosa es un malvado, que aparta los ojos y desprecia a las personas. El ambicioso no está contento con lo que tiene, la injusticia mala seca el corazón. El ojo envidioso codicia el pan del otro, en su mesa estará triste y hambriento... Antes de morir, haz el bien a tu amigo y de acuerdo a tus bienes sé generoso... Como hojas verdes en árbol frondoso; caen unas y brotan otras; así las generaciones de carne y sangre; una muere y otra nace. Toda obra corruptible desaparece, y su autor se va con ella”.


La avaricia es el afán desquiciado de poseer riquezas para atesorarlas, sin importar los medios empleados para conseguirlas. Esta anomalía se parece a la codicia que es el apetito desordenado de posesiones y el frenesí por obtener lo que se cree es provechoso, pero que no lo es y que sirve solo para saciar las pamplinas mundanas.


Las propuestas hedonistas del modernismo, motivan las ganas de adherirse a lo material. El bombardeo publicitario y la competencia personal y social, acondicionan la mente para avivar las ansias y fascinaciones de obtener lo frívolo: Yates, aviones, vehículos suntuosos y extravagantes, mansiones fastuosas, joyas rimbombantes, continuos viajes placenteros, juegos de azar, sexo descarriado, comilonas exóticas, posesión de aparatos electrónicos, vestidos finos, consumo de estupefacientes, bebidas embriagantes y otras expectativas de dispendio, no indispensables para ser austeros y vivir felices. La ambición por todo eso, desespera a quienes las echan de menos. Los medios de comunicación y otras influencias extra sensoriales, las exhiben como imprescindibles. La competencia comercial estimula los instintos y por eso no se percibe la torpeza derrochadora. En la brega por adquirir lo ansiado, muchos transitan las veredas del mal.


La avaricia es dañina, pues la vida se hace artificiosa y anticristiana. La ambición de comprar y ostentar, cimienta costumbres materialistas de existir y arrolla a quienes padecen esos deterioros y al círculo familiar, especialmente a los hijos. El patrón de aprendizaje es que para ser mejores, se debe tener de todo y alardear de ello. Hay personas que nunca tuvieron contacto con Dios, porque desde niños sus padres los llenaron de inutilidades y ellas son la representación de su mundo; el valor humano y el poder dependen de los bienes que se tengan. Si por casualidad cumplieron con algún Sacramento, éste no se efectuó por acendradas convicciones cristianas, sino por la celebración del evento y por simular finuras y exquisiteces.


La avaricia es difícil de superar en la etapa adulta, y la gravedad del mal se propagará en las sucesivas generaciones. Los descendientes serán esclavos del diablo, pues para los avaros poder vivir bien, no deben tener restricciones sociales ni pobreza terrenal y para atrapar ese objetivo, es valedero cualquier medio así sea malévolo.


Los codiciosos ansían la comodidad, dejando lo arduo a los demás; acaparan lo agradable y ganan dinerales para dejarlos improductivos, en detrimento de los que nada tienen. Lo primordial es amasar fortuna y repudiar la generosidad.


Una bribonada común en los usureros, es cobrar altos intereses cuando prestan dinero. Muchos acuden a los agiotistas, avarientos y bancos comerciales, para requerir préstamos que les posibilite solucionar algún inconveniente. Para acceder al capital tramitado, exigen garantías como la hipoteca de bienes o fiadores que respalden el empréstito, pero con intereses a veces impagables. La codicia se evidencia, cuando ejecutan las pertenencias del prestatario o fiador que no pudo amortizar el capital.


La usura no se da solamente en los negocios entre individualidades. Los dueños del poder económico, político y financiero de los países desarrollados, así como los organismos financieros multilaterales: Banco Mundial, Banco Interamericano de Desarrollo, Fondo Monetario Internacional, y otras instituciones similares, someten a las naciones débiles a la infernal explotación y rapacería de sus recursos naturales, fiscales y humanos, sin ninguna compasión por los que padecen extremada miseria.


Es casi nula la caridad de los opulentos, hacia los menesterosos. Con frecuencia, hartos de lujos y comida, esta se bota o se quema, debido a que en oportunidades la producción es abundante y la oferta mayor que la demanda. Si no destruyen los productos que sobran, disminuirán los precios. La avaricia no tolera el descenso del costo de los alimentos, mucho menos los disponen para regalarlos a los pobres, ya que las ganancias merman. Con esas maldades, el valor de los artículos primarios se agranda y son inaccesibles para quienes devengan sueldos bajos. Los márgenes de ganancias nunca se reducen y con la excusa del incremento del costo en los insumos, fraguan inflaciones exageradas que merman el poder adquisitivo de los pobres. En muchas naciones, más de la mitad de sus habitantes padece hambre y la tendencia va en aumento. Mientras tanto, los ricos se niegan a suministrar la asistencia tecnológica a los desvalidos, para ayudarlos en la producción de los víveres que puedan mitigar su hambruna. Casi todas las naciones de África, Asia y Latinoamérica, tienen extremas necesidades de alimentos y los ricos del mundo son indiferentes ante tal calamidad; esta atrocidad, demanda equidad ante Dios.


La masificación del dinero en las naciones desarrolladas y las penurias de los países pobres, hizo que estos contrajeran compromisos monetarios, sin tener en cuenta la imposibilidad de sus economías para pagar la deuda externa. Aunado a esto, la gran corrupción de los gobernantes, dilapidó los fondos entregados por los centros financieros internacionales. Esos pueblos cayeron en la desdicha generada por las injusticias políticas, sociales, económicas y culturales. La banca transnacional, las entidades financieras y las naciones ricas, son sordas ante el clamor de los menesterosos que requieren auxilio, para aminorar la indefensión que sufren.


domingo 18 2026

LUNES 19 DE OCTUBRE DE 2026 -- Lucas 12, 13-21.-- CUIDADO CON LA AVARICIA

 Tiempo Ordinario


Confiemos en Dios, que mirándonos con amor nos dará muy por encima de lo que pidamos e imaginemos.





Del santo Evangelio según san Lucas 12, 13-21








Uno de la gente le dijo: «Maestro, di a mi hermano que reparta la herencia conmigo». El le respondió: «¡Hombre! ¿Quién me ha constituido juez o repartidor entre vosotros?» Y les dijo: «Mirad y guardaos de toda codicia, porque, aun en la abundancia, la vida de uno no está asegurada por sus bienes». Les dijo una parábola: «Los campos de cierto hombre rico dieron mucho fruto; y pensaba entre sí, diciendo: "¿Qué haré, pues no tengo donde reunir mi cosecha?" Y dijo: "Voy a hacer esto: Voy a demoler mis graneros, y edificaré otros más grandes y reuniré allí todo mi trigo y mis bienes, y diré a mi alma: Alma, tienes muchos bienes en reserva para muchos años. Descansa, come, bebe, banquetea." Pero Dios le dijo: "¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma; las cosas que preparaste, ¿para quién serán?" Así es el que atesora riquezas para sí, y no se enriquece en orden a Dios».


Oración introductoria

Padre, te pedimos que valoremos que la vida es el periodo de tiempo, corto, que tenemos para decidir nuestra eternidad, y para amar.


Petición

Espíritu Santo, fortaléceme para saber distinguir lo que vale para la eternidad y sepa confiar en tu Providencia divina.


Meditación por el Papa

En la Liturgia resuena la palabra provocadora de Eclesiastés: "vanidad de vanidades... todo es vanidad". Los jóvenes son particularmente sensibles al vacío de significado y de los valores que a menudo les rodean. Y lamentablemente pagan las consecuencias. Sin embargo el encuentro con Jesús vivo, en su gran familia que es la Iglesia, llena el corazón de alegría, porque lo llevan de verdadera vida, de un bien profundo, que no pasa y no se marchita: lo hemos visto sobre los rostros de los jóvenes en Río.


Pero esta experiencia debe afrontar la vanidad cotidiana, el veneno del vacío que se insinúa en nuestras sociedades basadas en el beneficio y en el haber, que engañan a los jóvenes con el consumismo. El Evangelio de este domingo nos llama la atención precisamente sobre lo absurdo de basar la propia felicidad en el haber. El rico se dice a sí mismo: "Alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, como, bebe y date buena vida". Pero Dios le dijo: "Insensato, esta misma noche vas a morir. ¿Y para quién será lo que has amontonado?". Queridos hermanos y hermanas la verdadera riqueza es el amor de Dios, compartido con los hermanos. Ese amor que viene de Dios y hace que lo compartamos y nos ayudamos entre nosotros. Quién experimenta esto no teme a la muerte, y recibe la paz del corazón. Confiamos esta intención, esta intención de recibir el amor de Dios y compartirlo con los hermanos, a la intercesión de la Virgen María. (Ángelus de S.S. Francisco, 4 de agosto de 2013).


Reflexión

Este Evangelio es engañador para quien lo lee superficialmente: ¿es malo tener grandes cosechas? ¿es malo construir graneros donde guardarlas? Nada de eso. Cristo elogiará siempre a los hombres sagaces y prudentes.


El problema está en el alma. El desdichado protagonista de la parábola invita al alma a descansar, a dejar todo esfuerzo porque tiene todo lo suficiente para vivir. Cristo está refiriéndose en estas líneas a la eterna tentación de todo pueblo y toda persona que alcanza cierto nivel de bienestar: creer que ya no necesita de Dios por tener cubiertas las necesidades corporales.


Cuando el hombre tiene pan, placeres, seguridad social y pasatiempos apetecibles, no siente la necesidad de Dios y tampoco cree que el demonio actúe, pues a él no le toca. Pero también los hay que gozan de su avanzada sociedad occidental, que tienen su casa, su coche, su salario que les permite vivir holgadamente, pero eso sí, no olvidan que el alma necesita trabajar y hacer obras buenas, y además, comparten lo que tienen poniéndolo al servicio del Evangelio y de sus hermanos. Por buenos que ya seamos, por muchas conquistas que hayamos logrado con nuestras oraciones, sufrimiento y esfuerzos no es suficiente si seguimos en la tierra y no estamos exentos de sucumbir a la tentación.


La vida es el periodo de tiempo, corto, que tenemos para decidir nuestra eternidad, y para amar. Cada día mueren millones de personas, un día será el tuyo y el mío. Un día todo esto habrá acabado y tenemos en nuestras manos que ese día sea el mejor de nuestra vida. Hemos de trabajar sin descanso, pensando en el día que todo será descanso. Puede que la idea del cielo no nos incentive demasiado, que prefiramos un premio terrenal, que creamos que el cielo es una levitación aburrida..., no desconfiemos, cuentan de aquel pobre vagabundo que pidió a un rey una moneda y éste le miró con cariño y le lavó, le vistió con las mejores galas y lo llevó a palacio. No nos quedemos con la moneda de la felicidad terrenal, confiemos en nuestro Rey que mirándonos con amor nos dará muy por encima de lo que pidamos e imaginemos. Todo lo que deseamos y mucho más está en el cielo, pues ¡vamos a llenarlo!, vamos a dedicar nuestra vida a hacer felices a los hombres, a llevarles al cielo.


Propósito

Si de Dios recibimos dones tan grandes, también nosotros debemos dar: en ámbito espiritual debemos dar bondad, amistad y amor. Pero también debemos dar en el ámbito material, compartir el pan.


Diálogo con Cristo

Acumular, comprar, buscar el placer… es el afán prioritario de nuestra cultura. Señor Jesús, frecuentemente me encuentro contemplando las cosas buenas de este mundo, pero no como medios sino como un fin. Necesito tener claras mis prioridades: Tú, primero, y luego todo lo demás, según me lleven hacia Ti. Dame la sabiduría para saber que la vida es corta y debo vivirla sólo para Ti.


Por: Catholic.net | Fuente: Catholic.net




 









DOMINGO MUNDIAL DE LAS MISIONES








El Domingo Mundial de las Misiones (DOMUND) se celebra hoy, 18 de octubre de 2026, conmemorando su centenario desde que fue instituido en 1926 por el papa Pío XI.


Detalles clave de la celebración de 2026:


• Lema oficial: «Uno en Cristo, unidos en la misión», un llamado del papa León XIV.


• Indulgencia plenaria: La Penitenciaría Apostólica del Vaticano ha concedido indulgencia plenaria a los fieles que participen devotamente en las actividades de la jornada (como el rezo del Rosario por las misiones) bajo las condiciones habituales (confesión sacramental, comunión eucarística y oración por las intenciones del Papa).


• Origen y propósito: La jornada busca promover la solidaridad, la oración y el apoyo económico para los territorios de misión en todo el mundo a través de las Obras Misionales Pontificias.





sábado 17 2026

DOMINGO 18 DE OCTUBRE DE 2026 -- ¿ QUÉ QUISO DECIR JESÚS CUANDO AFIRMÓ : "DAD, PUES, AL CÉSAR LO QUE ES DEL CÉSAR, Y A DIOS LO QUE ES DE DIOS"

 









Reflexión 


"Dad, pues, a César lo que es de César" es una cita muy conocida que aparece en Mateo 22:21 y forma parte de la respuesta de Jesús a un intento conjunto de los herodianos y los fariseos de hacer tropezar a Jesús delante de Su propio pueblo.


Los herodianos eran un partido judío no religioso que apoyaba a la dinastía de Herodes y la política general del gobierno romano. Percibían que la enseñanza y la influencia puras y espirituales de Cristo eran contrarias a sus intereses. Los fariseos, por su parte, eran miembros de una antigua secta judía que creía en la estricta observancia de las tradiciones orales y de la Ley escrita de Moisés. No creían que Cristo fuera el Mesías, a pesar de Sus numerosos milagros durante Su ministerio terrenal. Aunque herodianos y fariseos se hallaban en extremos opuestos del espectro político, su odio común a Cristo bastó para que unieran sus fuerzas para intentar destruirlo.


He aquí el contexto del mandato de Jesús de "Dad, pues, a César lo que es de César": en Mateo 22, Jesús acababa de regresar a Jerusalén por última vez y acababa de compartir varias parábolas con la multitud. Los enemigos de Jesús vieron la oportunidad de poner a Jesús en un aprieto delante de Sus seguidores. En el versículo 17, le dicen a Jesús: "Dinos, pues, qué te parece: ¿Es lícito dar tributo a César, o no?". Era una pregunta capciosa, y ellos lo sabían. Si Jesús respondía "No", los herodianos lo acusarían de traición a Roma. Si respondía que sí, los fariseos lo acusarían de deslealtad a la nación judía y perdería el apoyo de la multitud. ¿Pagar impuestos o no pagar impuestos? La pregunta era un círculo vicioso.


La respuesta de Jesús es nada menos que brillante: "Pero Jesús, conociendo la malicia de ellos, les dijo: ¿Por qué me tentáis, hipócritas? Mostradme la moneda del tributo. Y ellos le presentaron un denario" (Mateo 22:18-19).


El denario era una moneda que se utilizaba como impuesto en aquella época. Era de plata y tenía una imagen del emperador con una inscripción que lo llamaba "divino". Los judíos consideraban tales imágenes idolatría, prohibida por el segundo mandamiento. Esta era otra razón por la que, si Jesús respondía "Sí", estaría en problemas. Su aceptación del impuesto como "lícito" podría haberse visto como un rechazo del segundo mandamiento, lo que pondría en duda Su afirmación de ser el Hijo de Dios.


Con la moneda expuesta ante ellos, Jesús dijo: "¿De quién es esta imagen, y la inscripción?". Los herodianos y fariseos, declarando lo obvio, dijeron: "De César". Entonces Jesús puso fin a sus insensatos trucos: "Dad, pues, a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios" (Mateo 22:21). Al oír esto, los enemigos de Jesús se maravillaron y se fueron (versículo 22).


Cuando Jesús dijo: "Dad, pues, a César lo que es de César", estaba estableciendo una clara distinción entre dos reinos. Hay un reino de este mundo, y el César tiene poder sobre él. Pero hay otro reino, que no es de este mundo, y Jesús es su Rey (Juan 18:36). Los cristianos formamos parte de ambos reinos, al menos temporalmente. Bajo el César, tenemos ciertas obligaciones que implican cosas materiales. Bajo Cristo, tenemos otras obligaciones que implican cosas eternas. Si el César te pide dinero, dáselo: es solo mammón. Pero asegúrate de dar también a Dios lo que Él exige.


El César acuñaba monedas, como tenía derecho a hacer, y exigía algunas monedas a cambio, como era su derecho. Al fin y al cabo, su imagen estaba estampada en lo que había fabricado. Dios ha "acuñado" el alma humana, y ha estampado Su imagen en cada uno (Génesis 1:27). Así que dad al César lo que le corresponde—las cosas temporales de este mundo—pero aseguraos de dar a Dios lo que le corresponde: "presentaos vosotros mismos a Dios como vivos de entre los muertos, y vuestros miembros a Dios como instrumentos de justicia" (Romanos 6:13).





Traducir este sitio a tu idioma