jueves 07 2026

VIERNES 5 DE PASCUA -- Juan 15, 12-17. -- NADIE TIENE MAYOR AMOR QUE EL QUE DA SU VIDA POR SUS AMIGOS

 Pascua


Al final de nuestra vida lo único que contará será lo que hayamos hecho por Dios y por nuestros hermanos.



Por: Carlos Llaca | Fuente: Catholic.net





Del santo Evangelio según san Juan 15, 12-17








En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado. Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. No os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca; de modo que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo conceda. Lo que os mando es que os améis los unos a los otros.


Oración introductoria

Gracias, Jesús, por darme tu amor y amistad. Me pongo hoy ante tu presencia suplicándote humildemente que abras mi mente, mi voluntad y mi corazón, para dejar que la luz de tu Espíritu Santo ilumine mi oración.


Petición

Señor, hazme capaz de salir de mí mismo para crecer en el amor a Ti y a los demás.


Meditación del Papa 

En el Cenáculo, Jesús resucitado, enviado por el Padre, comunicó su mismo Espíritu a los Apóstoles y con su fuerza los envió a renovar la faz de la tierra. Salir, marchar, no quiere decir olvidar. La Iglesia en salida guarda la memoria de lo que sucedió aquí; el Espíritu Paráclito le recuerda cada palabra, cada gesto, y le revela su sentido.


El Cenáculo nos recuerda el servicio, el lavatorio de los pies, que Jesús realizó, como ejemplo para sus discípulos. Lavarse los pies los unos a los otros significa acogerse, aceptarse, amarse, servirse mutuamente. Quiere decir servir al pobre, al enfermo, al excluido, a aquel que me resulta antipático, al que me molesta.


El Cenáculo nos recuerda, con la Eucaristía, el sacrificio. En cada celebración eucarística, Jesús se ofrece por nosotros al Padre, para que también nosotros podamos unirnos a Él, ofreciendo a Dios nuestra vida, nuestro trabajo, nuestras alegrías y nuestras penas…, ofrecer todo en sacrificio espiritual.


Y el Cenáculo nos recuerda también la amistad. “Ya no les llamo siervos –dijo Jesús a los Doce–… a ustedes les llamo amigos”. El Señor nos hace sus amigos, nos confía la voluntad del Padre y se nos da Él mismo. Ésta es la experiencia más hermosa del cristiano, y especialmente del sacerdote: hacerse amigo del Señor Jesús, y descubrir en su corazón que Él es su amigo.» (Homilía de S.S. Francisco, 26 de mayo de 2014).


Reflexión

De este Evangelio se pueden sacar muchas enseñanzas. Una es el verdadero amor. Otra, lo que es el verdadero amigo. Pero nos centraremos en lo que es la tarjeta de presentación de todo seguidor de Jesucristo, que somos todos los que creemos en él, y es el mandamiento de Jesús de amarnos los unos a los otros.


¿Qué implica esto? No es solamente una simple frase piadosa que se escucha cada domingo desde los púlpitos de las iglesias. Es el compromiso de todo cristiano. Implica salir de nuestro pequeño mundo, llámese trabajo, estudios, cosas personales, placeres, gustos, para fijarnos en las necesidades de nuestro prójimo. ¿Y quién es nuestro prójimo? Es el trabajador enfermo de nuestra compañía, es la humilde muchacha que hace la limpieza de la casa todos los días, es el cocinero que prepara nuestra comida, es la viejecita sentada fuera de la Iglesia que lo único que tiene para taparse del frío de la noche es su roído chal, son nuestros familiares y demás personas con quien tratamos. Y Cristo nos llama a amarlos desinteresadamente, no para ser vistos por las personas que nos rodean y que digan "Ah, qué bueno es fulano o fulana..." sino para cumplir con nuestro deber aquí en la tierra. ¿Y qué es amarlos? Es ayudarles en sus necesidades básicas, darles educación, casa, alimento, vestido, paciencia, cariño, comprensión.


Recordemos que al final de nuestra vida lo único que contará será lo que hayamos hecho por Dios y por nuestros hermanos los hombres.


Propósito

Dar prioridad a mi amistad con Cristo para, con su gracia, poder vivir para los demás.


Diálogo con Cristo

Señor, ayúdame siempre a conocerte mejor. Ayúdame a estar cada vez más unido a tu voluntad. Ayúdame a vivir mi vida, no para mí mismo, sino junto a Ti, para los otros. Ayúdame a ser cada vez más tu amigo, al pensar como Tú, al hablar como Tú y, sobre todo, al amar como Tú.


Por: Carlos Llaca | Fuente: Catholic.net




LAS PROMESAS DE LA ADORACIÓN EUCARISTICA








Visitar al Santísimo Sacramento es una devoción católica que promete gracias espirituales y temporales, incluyendo la protección divina, la intercesión por las almas del purgatorio y asistencia especial en la hora de la muerte. Jesús promete recibir con amor a quienes le visitan, inscribir sus nombres en el libro de la vida y fortalecer su unión con Dios.


Las promesas de la adoración eucarística incluyen:


Protección y Auxilio: La anulación del poder de Satanás sobre la persona y sus seres queridos, así como protección en desastres naturales.


Intercesión Eficaz: Peticiones presentadas ante el altar por la Iglesia, el Papa y las almas consagradas son escuchadas.


Gracia en la Muerte: Jesús promete traer a su Santísima Madre para defender al adorador en el momento de la muerte.


Santificación: Elevación del alma y desapego de los atractivos mundanos.


Bendiciones Materiales: Bendición en las obras y proyectos personales, siempre que sean para el bien del alma.


Cómo hacer la visita a la adoración puede realizarse en silencio, rezando oraciones tradicionales o compartiendo íntimamente las necesidades con Jesús sacramentado.





miércoles 06 2026

JUEVES 5 DE PASCUA -- Juan 15, 9-11-- COMO EL PADRE ME AMÓ, YO TAMBIÉN LOS HE AMADO

 

Pascua


El amor de Dios deja huellas en nuestro corazón y quien es amado, sabe corresponder sin límites.



Por: Rafael Santos Varela | Fuente: Catholic.net





Del santo Evangelio según san Juan 15, 9-11








En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor. Os he dicho esto, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea colmado.


Oración introductoria

Señor, ¿Cómo corresponder a tanto amor? ¿Cómo conservar en el corazón la alegría con la que colmas mi vida? ¡Ven, Espíritu Santo, lléname de tu amor para que pueda cumplir en todo tu voluntad, viviendo el mandamiento supremo de la caridad.


Petición

Señor, ayúdame a seguir el camino de mi felicidad, que es el de vivir la caridad.


Meditación del Papa 

En cualquier necesidad y aridez, Él es la fuente de agua viva, que nos nutre y fortalece. Él en persona carga sobre sí el pecado, el miedo y el sufrimiento y, en definitiva, nos purifica y transforma misteriosamente en vino bueno. En esos momentos de necesidad nos sentimos a veces aplastados bajo una prensa, como los racimos de uvas que son exprimidos completamente. Pero sabemos que, unidos a Cristo, nos convertimos en vino de solera. Dios sabe transformar en amor incluso las cosas difíciles y agobiantes de nuestra vida. Lo importante es que "permanezcamos" en la vid, en Cristo. En esta breve perícopa, el evangelista usa la palabra "permanecer" una docena de veces. Este "permanecer-en-Cristo" caracteriza todo el discurso. En nuestro tiempo de inquietudes e indiferencia, en el que tanta gente pierde el rumbo y el fundamento; en el que la fidelidad del amor en el matrimonio y en la amistad es frágil y efímera; en el que desearíamos gritar, en medio de nuestras necesidades, como los discípulos de Emaús: "Señor, quédate con nosotros, porque anochece, porque las tinieblas nos rodean"; el Señor resucitado nos ofrece aquí un refugio, un lugar de luz, de esperanza y confianza, de paz y seguridad.  (Benedicto XVI, 22 de septiembre de 2011).


Un cristiano es aquel que “tiene” el Espíritu Santo y se deja guiar por él: permanecer en Dios y Dios permanece en nosotros, por el Espíritu que nos ha dado. Estar atento: y aquí viene el problema. Estén atentos, no se fíen de cualquier espíritu, más bien pongan a prueba a los espíritus para examinar si vienen verdaderamente de Dios. Esta es la regla cotidiana de vida que nos enseña Juan. (Homilía de S.S. Francisco, 15 de enero de 2016).


Reflexión

El buen ejemplo de una persona siempre nos deja algo grabado en nuestro corazón. Nos dan ganas de querer imitar sus acciones, incluso superarlas. Qué mejor aún cuando estas acciones van profundamente ligadas a las virtudes que sobrepasa todo aquello que es común y corriente, lo de todos los días.


No podemos negar que al ver el trazo de la huella de esas almas que pasan por esta vida no sólo haciendo el bien sino que se sacrifican por dar todo de sí, nos hacen querer estar con ellas siempre, experimentamos un cierto magnetismo de tal grado que queremos pisar su rastro.


Unos simples pescadores vieron en la arena las huellas de un hombre. Le siguieron y le conocieron; al encontrarlo, les habló mucho más que de una pesca, les hizo conocer los misterios más profundos que los océanos, vieron sus obras, escucharon sus palabras y llegado el momento recibieron el consejo de preparar su alma para imitar su amor.


Quien es amado, sabe corresponder amando sin límites, como un padre que no duda en entregar su vida por el hijo. Es en este caso que el Hijo, amando al Padre, da la vida por muchos otros, para que su relación filial como hijos, sea recuperada y vuelva de nuevo la alegría.


Por ello, nuestra correspondencia debe ser de donación semejante. La entrega de lo que somos, a aquellos que amamos y conocemos, a los que nos son cercanos, pero también a los que no tenemos ni cercanos en nuestro corazón ni nos son conocidos. Allí radica nuestra alegría: "amor es donación".


Propósito

Con esperanza y confianza rezar hoy un rosario, fuente de paz y alegría.


Diálogo con Cristo

Gracias, Dios mío, por tanto amor. No puedo dejar de agradecerte por darme a tu santísima Madre. Por su intercesión quiero pedirte que sepa cambiar o eliminar todo aquello que me impida vivir el mandamiento de la caridad.


Por: Rafael Santos Varela | Fuente: Catholic.net


LOS 12 FRUTOS DEL ESPÍRITU SANTO








Según la tradición de la Iglesia Católica y el Catecismo (CIC 1832), basado en la Vulgata latina de Gálatas 5,22-23, los frutos del Espíritu Santo son doce perfecciones que el Espíritu forma en nosotros como primicias de la gloria eterna: caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia y castidad.


Aquí tienes el detalle de los 12 frutos:


Caridad (Amor): Amor a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos por amor a Dios.


Gozo (Alegría): Alegría espiritual que emana de la caridad y la paz interior.


Paz: Tranquilidad en el orden y serenidad del alma, confianza en Dios.


Paciencia: Capacidad de sobrellevar las dificultades y sufrimientos sin quejarse.


Longanimidad: Grandeza de ánimo, constancia y generosidad en la espera, sin desanimarse.


Bondad: Inclinación a hacer el bien a los demás.


Benignidad: Disposición amable, suave y dulce en el trato.


Mansedumbre: Control de la ira y moderación en la respuesta.


Fidelidad (Fe): Lealtad y cumplimiento de la palabra dada a Dios y al prójimo.


Modestia: Moderación y compostura en el vestir, hablar y actuar.


Continencia: Dominio propio, control de los apetitos y pasiones.


Castidad: Pureza del alma y del cuerpo según el propio estado de vida.


Contexto Bíblico y Catequético Gálatas 5,22-23 (Vulgata): La Biblia en latín enumera doce frutos, mientras que muchas traducciones modernas del griego citan nueve.


Definición: El Catecismo de la Iglesia Católica los define como virtudes que maduran en el creyente gracias a la acción del Espíritu Santo.


Diferencia con los Dones: A diferencia de los 7 dones (que son regalos para santificarnos), los frutos son los resultados o la "cosecha" de vivir según el Espíritu.





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